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Extrabajadoras de Brenntag: «No movieron un dedo por nosotros»

Recuerdan el gran incendio de hace doce años y cómo cambió sus vidas

La Voz de Galicia

Era su primer día de vacaciones y poco antes de las dos de la tarde estaba tomándose una cerveza en un bar de Caldas de Reis. «Llamaron por teléfono a mi marido y le dijeron ‘Está ardiendo la empresa de tu mujer’». Quien lo cuenta es Herminia Froján, a quien todos llaman Neni. Ella llevaba 18 años trabajando como administrativa en Brenntag. Al igual que para sus excompañeras y hoy amigas Luisa Rey y Esther Túñez, aquel 1 de septiembre del 2006 es un día que nunca podrán olvidar.

Neni fue la única de las tres a la que el incendio de la nave de almacenaje y distribución de productos químicos de la multinacional alemana no la pilló en la oficina. «Dejé la cerveza y cuando salí a la calle ya vi la columna de humo. Intenté llamar a la centralita y a móviles de mis compañeros y nada. Sobre las cuatro y media pude llegar a la zona por unas pistas porque la carretera nacional estaba cortada».

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Tratándose del tipo de productos que había, Neni supo que aquel fuego entrañaba mucho peligro. Luisa trabajaba en Brenntag desde hacía 14 años como administrativa. En las oficinas también estaba Esther, que acumulaba 5 años en la planta de As Veigas de Almorzar. Ellas dos lo vivieron muy de cerca. «¿Qué recuerdo? Uff... Era un día muy caluroso. Recuerdo un grito, ‘¡Fuego!’, alguien corriendo, asomé la cabeza por la ventana y ya vi un contenedor ardiendo», relata Luisa. Cuenta que el desalojo se hizo «muy rápido» aunque algo «atropellado». Esther todavía revive el susto: «Ves que puede pasar algo y que por la magnitud del incendio te va a perjudicar laboralmente, aunque afortunadamente no hubo daños personales».

Siempre que se habla de Brenntag se alude a la catástrofe medioambiental que dejó el vertido químico al Umia que siguió al fuego. Pero pocas veces se incide en el aspecto humano. Ellas tres, junto a una veintena de compañeros, se quedaron sin trabajo. Antes de eso se echaron a la calle para evitar el ERE y conseguir que la empresa buscara una ubicación alternativa en el municipio o en la comarca.

«Al final no fuimos a juicio y conseguimos 30 días por año trabajado en lugar de los 20 que nos ofrecían», expone Luisa. Ella tenía entonces 34 años e hijos pequeños y descartó el traslado a Monçao, en Portugal. «Fue duro porque tuvimos que salir con lo puesto, el 80 % de los coches se quemaron. Cuando se acaban las prestaciones trabajas en lo que sea». Hoy Luisa está empleada en Clavo Congelados, aunque tuvo otros trabajos antes.

Esther fue de las que se fue a Monçao, donde trabajó otros cuatro años hasta que Brenntag cerró allí. «Llegamos a un acuerdo y me indemnizaron. Estuve hasta el 2011. Después alterné contratos precarios con el paro y tuve empleos en distintos sectores». Esther, que es de Valga, deja una reflexión: «El problema medioambiental fue grave, pero no se habló del problema de que una multinacional se fuera de Galicia. Y no hay tantas».

Tras el ERE, Neni, con dos hijos muy pequeños, descartó la opción de Monçao. «Irme significaba desaparecer de sus vidas y opté por buscar otro trabajo». Dice que tuvo suerte y que no le costó mucho encontrarlo. Llegó a los cinco meses y no tenía nada que ver con su empleo en Brenntag. Hoy lleva cuatro años en una empresa de congelados. «Tras el incendio no movieron un dedo por nosotros. El trabajo es importante, pero lo mejor es que no pasara nada».

Un fuego que se originó durante una descarga de tolueno y que contaminó el Umia

Neni Froján pudo recuperar lo que quedó de sus gafas tras el incendio de Brenntag. Hoy todavía las conserva. «Cuando se extinguió el fuego, Carlos, un compañero, fue de los primeros en entrar. Me llamó y me dijo ‘Estoy donde estaba tu mesa’. Mis gafas estaban en una funda metálica y le pregunté si quedaba algo. Solo se salvaron los cristales, sin montura, claro, y estaban más gordos y totalmente blancos».

Es una anécdota y un recuerdo de lo que fue aquel voraz incendio. Sigue siendo el mayor desastre medioambiental sufrido por un río gallego. Ocurrió el 1 de septiembre del 2006 cuando durante una descarga de tolueno que transportaba un camión cisterna se originó un fuego que arrasó la planta con llamas que alcanzaron los treinta metros de altura. Provocó además un vertido tóxico en el Umia que acabó con toda la fauna en un tramo de siete kilómetros. Las aguas de un río color azul turquesa dieron la vuelta a España y a medio mundo.

En marzo del 2012 se celebró el juicio. Tres empleados de Brenntag -Eulogio Estévez Pérez, José Manuel Mosteiro Piñeiro y Beatriz González Vieites- se sentaron en el banquillo de los acusados del Juzgado de lo Penal número 1 de Pontevedra. La Fiscalía les imputaba no haber sido diligentes al acometer aquella descarga de tolueno. Solicitaba para ellos cuatro meses y quince días de prisión, y el pago de una multa de 2.160 euros. Los tres fueron absueltos.

La Xunta y la aseguradora de la multinacional alemana llegaban después a un acuerdo extrajudicial. Un pacto mediante el cual se indemnizó a la Administración autonómica con 5,5 millones de euros de los 9,6 millones que reclamaba inicialmente por el incendio y posterior vertido al cauce.

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