Así reparte su tiempo María Moreira desde hace unos meses. Que las miradas se hayan vuelto a los 80 tiene mucho que ver con lo del baúl. Coincidencias de la vida, a falta de una, se preparan dos retrospectivas sobre el trabajo de esta pionera del diseño de moda en Galicia. Ambas podrán contemplarse esta primavera. En Gondomar una promovida por el Instituto de Estudios Miñoranos, y en el Pazo da Cultura de Pontevedra la otra, en este caso auspiciada por la Facultad de Diseño. «Pura coincidencia», confirma la propia María.
Ésta reconoce que está siendo determinante la colaboración de muchas de sus primeras clientas, la mayoría de las cuales le siguen siendo fieles. Dicha colaboración se está traduciendo en la aportación de prendas, sobre todo de punto tricot, de aquellos inicios gloriosos. Para sorpresa de María, las han guardado como oro en paño. Queda demostrado que aquellos diseños que se pasearon por las pasarelas de los 80, Cibeles incluida, eran atemporales, lo que las convirtió en seguras candidatas al impagable fondo de armario.
Además de piezas de auténtico museo, en la retrospectiva de su querido Gondomar (hace años que instaló el taller en Vilaza), podrá contemplarse todo el proceso de trabajo del punto tricot. Habrá patrones, material didáctico, vídeos, fotografías.... En definitiva, un retazo de 30 años de moda a través de la mirada de una de las pioneras de aquellos años.
Pese a todo lo andado, María Moreira sigue al pie del cañón, ahora en perfecto tándem con su hija Andrea, así es que ayer volvió a subir sus diseños a una imaginaria pasarela que montó en el hotel América. Allí sus clientas de siempre y otras que se han ido incorporando a la nómina de fieles, tuvieron oportunidad de conocer los penúltimos modelos (los últimos, del 2011, todavía están sobre papel) que han salido de la imaginación de esta viguesa menuda que aún en tiempos de crisis sabe poner al mal tiempo buena cara.
En sus propuestas para esta primavera-verano mandan el lino, la seda y el algodón en colores arena y blanco, con el negro como complemento y algunas pinceladas de color. No se sustrae tampoco María a la tendencia lencera que nos invade. Ya solo falta que el sol, además de dejarse ver, caliente.
En Paradores se han propuesto viajar en el tiempo a lo largo de todo el 2010. Lo harán a través de la cocina tradicional de las zonas en las que están enclavados los establecimientos. Un somero vistazo a los bocados que podrán degustarse a partir del próximo día 23 en los dos que nos tocan más de cerca (Baiona y Tui), dejan claro por dónde van los tiros. Y los tiros van por recorrer la historia gastronómica de cada zona.
En el caso baionés el Arte breve de cocina, que es como han bautizado la iniciativa, los productos estrella que preparará Pedro Merino serán zamburiñas, empanada, caldiño de Pedro Madruga, guiso de pulpo y langosta, guisote franciscano con pescaditos del mar de las Cíes... Y, de postre, vino especiado con pan de ayer y huevo batido con su licor dulce. La mera lectura del nombre de los platos ya invita a probarlos.
Otro tanto ocurre con el menú baixomiñota, que abrirá una filloa de caldo rellena de matanza, seguida de lamprea ahumada con aliño de miel y limón sobre requesón de As Neves, cachelo del cocido con repollo salteado y caldo de grelos, sopas de burro cansado... No faltará un guiño a la raia con un bacalao de Gomes con pataca dorada y huevo roto.
La presentación (con degustación gratuita el día 23 entre las 12.30 y las 14 horas) se acompañará de un breve espectáculo que recordará a los asistentes la tradición histórica de cada menú, todo ello por menos de 30 euros en días sucesivos.
Es otra manera de contribuir a la imbricación de los paradores en los respectivos municipios en los que abren sus puertas. El Conde de Gondomar baionés es un buen ejemplo de ese acercamiento a los ciudadanos. Sin ir más lejos, ha habido overbooking en los cursos de cocina organizados para vecinos de la real villa.
Hoy se vivirá intramuros otra colaboración no menos curiosa: 70 niños de colegios del municipio plantarán otros tantos árboles autóctonos. La curiosidad radica en que cada árbol llevará el nombre del chaval que lo planta. Un aliciente más para cuidarlos con mimo. Seguro.