Es una de las ventanas favoritas a las que gusta asomarse Elvira Valle para diseñar sus tocados. Cuenta que las ideas suelen llegarle a borbotones, habitualmente de madrugada en momentos de duermevela. Por eso tiene siempre a mano lápiz y papel para hacer un apresurado bosquejo antes de que se le vaya el santo al cielo. Luego, ya perfectamente despierta, recurre a lo que denomina «técnica de la maceración», esto es, a guardar los apuntes en un cajón y dejar que reposen un tiempo. Si pasado éste le siguen pareciendo buenos, se pone manos a la obra.
También fue en el cine donde encontró nombre para la colección que acaba de estrenar: La Valle. Podría parecer que no se devanó mucho los sesos, pero no todo es lo que parece. Contemplaba por enésima vez una de sus cintas favoritas, Cantando bajo la lluvia, cuando en la famosa escena en la que Gene Kelly se empapa mientras baila en ese sube y baja de la acera con la farola como eje del atrezzo, se fijó en algo que siempre le había pasado desapercibido: en el cartel de la tienda que hay justo al lado de la cañería bajo cuyo chorro se pega la mojadura de su vida, puede leerse La Valle Millinery Shop. Y ¿de qué es la shop en cuestión? Pues de sombreros.
El feliz hallazgo le ha venido a Elvira al pelo (nunca mejor dicho), porque también fue en el cine, sobre todo en películas de los 50 y los 60, donde se inspiró para crear la colección. Aún tiene ésta una conexión cinematográfica más. Fruto de su amistad con la jefa del departamento de maquillaje de Celda 211, Raquel Fernández Fidalgo, y con Fany Bello, otra de las maquilladoras de la cinta que arrasó en los Goya, lucieron sus diseños en la gala que terminará pasando a la historia por ser en la que ¡Peeedro! se congració con la Academia.
Pese a que Elvira Valle llegó al mundo de los tocados hace apenas dos años, sus artesanas piezas (lo hace absolutamente todo a mano) se venden ya en algunas de las tiendas más exclusivas, pero reconoce que no está dispuesta a correr para llegar: «Quiero ir despacio, paso a paso. La paciencia me parece un buen arma en general, y en este mundo de la moda en especial», afirma.
Pues armada de esa paciencia, se encierra durante horas y horas en su casa-taller para atender la demanda. De momento, no es muy grande, así es que ella se lo guisa y ella se lo come. Trabaja por encargo y, como lo hace todo, todo y todo a mano, emplea una media de tres o cuatro días en confeccionar cada pieza. «Estoy convencida de que los sombreros volverán a ser un día no muy lejano un elemento imprescindible del fondo de armario». A ver.
Es el título que eligió Antón Goyanes para la exposición que ayer inauguró en la antesala de la Alcaldía. Integrada por una treintena de obras que ven la luz por primera vez, el pintor monfortino afincado en Vigo desde hace décadas, pretendía realizar una serie sobre petroglifos con los de Campo Lameiro como referente. Un recorrido por la muestra evidencia que, a la postre, lo que le pidió el cuerpo fue detenerse en la Porta do Sol viguesa. La abstracción de sus pinturas no es obstáculo para que el espectador reconozca al primer golpe de vista elementos singulares del kilómetro cero de la ciudad.
La exposición se inscribe en el ciclo Mostrarte, cuya filosofía es poner en valor el trabajo de artistas vigueses o, en su caso, fuertemente vinculados a la ciudad.
Al margen de numerosos políticos municipales de todos los colores (es lo que tiene jugar en casa), el acto de apertura contó con la presencia del rector, Alberto Gago, de numerosos artistas amigos como Quesada, Solveira, Xulio Gil, Beatriz Ansede, Montes, Becerra..., de galeristas como Carlos Álvarez o Servando Fernández...
Antes de que el propio Goyanes contara algunos detalles sobre las obras expuestas, entre otros cómo fueron haciéndose un hueco en su estudio a medida que la inspiración iba plasmándose en el lienzo, esperando por el momento idóneo para que vieran la luz, Mingos Teixeira, artífice de Mostrarte, hizo un somero repaso de la figura de Antón: «Si no me falla la memoria, la última vez que expuso en Vigo fue hace dos años en la galería PM8. Allí me quedó claro que sigue siendo el artista que impregna de lirismo todas sus telas, casi como si anduviera caminando de puntillas», afirmó.