«Vine a Vigo con una gallega de la que me enamoré en Alemania»

Xulio Vázquez

VIGO

Tiene una hija de cinco años de un segundo matrimonio, pero hoy vive con otra pareja, y dice que volvió a abrazar su religión

02 feb 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Vino al mundo en un pequeño archipiélago de playas de arena blanca y aguas turquesas en el mar Caribe. Se trata de Bocas del Toro, un rincón de Panamá. Ahí fue donde nació Carlos Hornet Dixon (38 años). Pero a los cuatro años ya se fue a vivir a un barrio próximo al del malogrado futbolista Rommel Fernández en la capital panameña. Lleva aquí casi una década. «Viene a Vigo porque me enamoré de una gallega en Alemania», afirma.

En su país natal tuvo que abandonar pronto los estudios y ponerse a trabajar. Fue guardia de seguridad. Trabajó en el sector de la construcción y en distintas fábricas. Por parte de su madre, tiene once hermanos y, por parte del padre, ocho más.

«Emigré por mediación de un tío mío. Era militar americano y estaba destacado en Alemania, donde permaneció durante veinte años. Resulta que había montado una discoteca con música caribeña y me habló de la posibilidad de que fuese allá a echarle una mano. Y me fui a Núremberg, donde tenía el negocio», argumenta.

Estuvo un año, conoció a una alemana y en poco tiempo se casó con ella, pero no funcionó y se divorció. «Ella estaba más enamorada de mí que yo de ella», afirma. Pero más adelante conoció a una mujer gallega hija de emigrantes y de esa relación le volvió a surgir el amor. «Me dijo que me viniese con ella a Vigo y acepté. Pero llegó un momento en que las cosas no iban bien y decidimos dejarnos. Ya había quedado sin papeles en Alemania y aquí tampoco me dio tiempo de arreglarlos», explica.

Segundo matrimonio

Dixon siguió con su vida en solitario hasta que un buen día conoce en Vigo a otra chica gallega y la cosa fue tan en serio que volvió a casarse por segunda vez, acuciado también por las circunstancias. «Mi esposa ya estaba embarazada de seis meses cuando la policía me coge sin papeles. Afortunadamente, me libré de la expulsión porque en ese fin de semana no había vuelo a Panamá y me soltaron, debido a que no me podían retener por más tiempo. Busqué un abogado y consiguió que se archivara el caso, al regular mi situación con este nuevo matrimonio», manifiesta.

En este momento, está en el paro y aprovecha la situación para hacer algún cursillo que le ayude a recuperar un puesto de trabajo. Realizó uno de carretillero para aprender a manejar elevadores de palets; otro de incendios y un tercero de limpieza de muebles. «El último empleo que tuve fue de peón forestal. Trabajé de aplicador, eliminando eucaliptos con un veneno cuando proliferan demasiado y perjudican a la otra vegetación», afirma.

Antes había estado empleado en una empresa de frutas. También tuvo algún trabajo temporal en el puerto, de carga y descarga. Incluso lo contrataron para la instalación de los conductos de gas por la ciudad. Y hasta fue portero de una discoteca.

En el plano amoroso tampoco le fue bien con la madre de su hija y hoy día vive con una nueva pareja. «Estoy con mi hija muy a menudo, incluso más que antes porque estoy en el paro y dispongo de más tiempo libre. Tiene 5 años y muchas veces la voy a recoger al colegio. Estoy muy entusiasmado con ella», afirma emocionado.

Dice que esas relaciones se frustraron por un amor equivocado. «A veces creemos que amamos y no amamos nada. Cuando volvemos a acercarnos a Dios, nos damos cuenta de que estábamos muy equivocados. De niño, me llevaban a la iglesia, pero ahora voy yo por mi propia voluntad. Ahora he vuelta a abrazar la religión y me he dado cuenta que muchos matrimonios fracasan por el egoísmo, porque pensamos solo en nosotros y no en la persona que comparte nuestra vida», argumenta. Profesa la religión adventista y asegura que va todos los sábados a esa iglesia.