«Vale la pena sufrir el mal de altura para ver el Machu Pichu»

Xulio Vázquez

VIGO

Una especialista en el sector del turismo que emigró a España y, tras trabajar en varios hoteles, regenta una cafetería en Vigo

05 ene 2010 . Actualizado a las 12:13 h.

Es de la tierra del inca que el sol ilumina porque Dios lo manda...», como canta la intérprete y folclorista peruana Eva Ayllón. Esta letra le va como anillo al dedo a su compatriota Claudia Rodríguez Hernández (29 años). Una inmigrante que lleva dos años en Vigo, pero ya siente que Perú la llama. Quiere regresar a su Lima natal en un futuro próximo. Incluso ya tiene planes para montar en su país un negocio relacionado con la restauración. Mientras tanto, sigue regentando la cafetería Chamos, en el número 2 (bajo) de la calle Cuba.

Un viaje turístico a España, para ver a su madre que reside en Vigo, terminó convirtiéndose en su pasaporte a la emigración. Fue hace cinco años. Vino de visita, pero se quedó. «Mi madre se había casado en segundas nupcias con un hombre de Cangas. Vine a pasar unas vacaciones con ella, me ofrecieron un trabajo y me quedé», señala.

En Lima siempre había trabajado en el turismo, incluida la rama de los hoteles. «Estudié administración turística y hotelera. Siempre estuve ligada a agencias de viajes», afirma.

Dice que empezó como guía turística, programando circuitos por Lima y su alrededores. Luego viajó a otras ciudades importantes, como Cuzco o Ayacucho. Pero terminó situándose en el área administrativa (venta de pasajes, itinerarios...).

Machu Pichu

«Si tuviese que aconsejar a un turista gallego, le diría que visitase el Machu Pichu, que es una de las siete maravillas del mundo. Es impresionante y no solo por la arquitectura, sino también porque constituye un enigma. No se sabe cómo unas piedras de tal magnitud fueron encajadas perfectamente y a una altura considerable de la Montaña Vieja», argumenta. «Hay también un aire espiritual o místico que te envuelve en la cima, viendo un imperio tan majestuoso que reinó tantos años atrás», añade. Hace otro apunte referido a la altura, porque a cualquier pasajero que se dirija a Cuzco siempre lo avisan de que está casi a 3.500 metros de altura, por si tiene problemas cardíacos. «Vale la pena sufrir del mal de altura para verlo. Yo ya estuve varias veces. Pero también tenemos el lago Titicaca, compartido con Bolivia, que es el que está a mayor altura del mundo», resalta.

Refiriéndose a la economía de su país, dice que una persona preparada, cuando ella emigró, podía ganar sobre 1.500 o 2.000 nuevos soles (unos 500 euros al cambio). «Allá las cosas estaban cuatro o cinco veces más baratas que aquí. A mí me compensaba por el cambio de la moneda», manifiesta.

Su primer trabajo en Vigo fue en una casa de cambio de monedas. «Para que me contratasen, fue decisivo que supiese hablar inglés. También domino, además del castellano, el italiano. Estuve unos nueve meses y ganaba sobre 800 euros. Pero me tiró tanto mi tierra que decidí marcharme. Aunque, a los cuatro meses, regresé», explica.

Resulta que había mandado una carta a Palma de Mallorca, respondiendo a una demanda de trabajo para hoteles de cinco estrellas. «Recibí una llamada en Perú para que me incorporase de urgencia. Pero tuve que esperar un año, por restricción en mi tarjeta de residencia», señala.

Asegura que estuvo en ese hotel como una monja de clausura durante los seis meses. Además tenía que cumplir horarios de diez horas. Decidió cambiar a otro hotel, que le ofrecía mejor sueldo y piso propio. Pasó otra temporada y se fue a Ibiza, pero no habla bien de esta experiencia. «No llegué ni a los tres meses, porque me sentí discriminada. No por ser extranjera, sino por ser mujer. Lo mismo le sucedía a otras compañeras. Terminé pidiendo el finiquito, aunque me ofrecían un aumento de sueldo».

Regresó a Vigo y, con el dinero ahorrado, cogió el traspaso de la cafetería. «Los fines de semana ofrecemos comida típica de Perú. Vienen muchos compatriotas y también gallegos», afirma.