Capaz de moldear con su cincel las piedras necesarias para levantar una casa de tres pisos o de dar paladas hasta convertirse en uno de los remeros gallegos más laureados de toda la historia, con siete grandes títulos (cuatro campeonatos de España de traineras y tres Banderas de la Concha) a sus espaldas. Es la doble cara de Luciano Prego (Vilaboa, 1969), un cuarentón de tallo largo y músculos esculpidos que reparte su vida entre su profesión de cantero y su devoción de remero. Con Kaiku escribió la última página de oro en el libro de su vida con un doblete histórico. Antes le tocó con Astillero, de donde escapó cuando apareció la sombra del dopaje, y con Castro Urdiales.
Los 184 centímetros de Luciano están llenos de teóricas contradicciones. Es capaz de pasarse tres meses todos los veranos en el País Vasco como un emigrante del deporte -lleva siete años fuera de un equipo gallego- y considerase un privilegiado por poder cobrar del remo a vivir poco menos que en soledad en una aldea del municipio de Vilaboa combinando su trabajo de cantero -«soy un todoterreno, hago de todo, un muro, unas columnas, unos arcos, soy autodidacta, aunque me gusta tipo rústico»- con las largas horas de entrenamiento en el gimnasio del polideportivo de Arcade, en donde pasa la temporada invernal.
En la trainera, Luciano se define «como un currante con clase. Por poner un ejemplo como Alves, que es un superclase y que al mismo tiempo suda la camiseta». No es cuestión de ego, lo dicen sus compañeros. Lo suyo es aportar vatios desde la bancada central de la trainera. Es el motor.
Con tanta ocupación, más dos niños pequeños de los que se ocupa personalmente, a Luciano no le queda tiempo para su tercera afición: la farra. «De no ser remero sería golfo, me encanta ir con los colegas a los furanchos , pero el remo me ha quitado del vicio». También de la comida. Cada año le exigen un kilo menos. Comenzó en Tirán con 91,5 y ahora camino de la jubilación deportiva tan solo puede pesar 83 para seguir subiéndose al bote. Una sílfide que levanta piedras y que no piensa en su última palada.