Las dos entidades financieras gallegas mueven sus estrategias y aliados, mientras en la Xunta crece el miedo al localismo
15 nov 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Un consejero de Caixa de Pontevedra aseguraba hace diez años, cuando Caixavigo se lanzó a la fusión-absorción de la entidad de la capital provincial -además de la de Ourense- que él y otros significados miembros del órgano de dirección estaban dispuestos a enfrentarse a Manuel Fraga y a José Cuiña con tal de evitar que la enseña financiera de la ciudad pasase a manos viguesas. Solo unas semanas más tarde, dicho consejero, junto a otros que aseguraban estar preparados para salir a la calle con tal de evitar la fusión, levantaban la mano para votar con la cabeza gacha a favor de los planes de Caixavigo. «Desde Santiago me recordaron las dos hipotecas que tenía, además de un préstamo, todo prácticamente a interés cero. Me hicieron ver que mi mujer podría ser trasladada y además que me olvidara de mi carrera política», expresaba apenado para colocar dichas motivaciones por delante de sus razonamientos, aquellos que le habían dictado desde la cúpula de Caixa de Pontevedra para convencer a todo cuanto le saliera al paso de las posibilidades de pervivencia de la entidad de la ciudad del Lérez sin necesidad de fusiones, por no hablar de los puestos de trabajo que se perderían, de la obra social que quedaría en el aire y de la identificación del empresariado con una marca que había defendido hasta Alexandre Bóveda.
El momento político ahora es distinto. El clientelismo no es tan descarado, aunque existe y en el mismo grado. Las cajas, en toda España, atraviesan ahora dificultades, y ya no es solo la Xunta la que como entonces quiere fusiones, sino que el Banco de España central empujan también hacia ello. Pero al margen de esos condicionantes, el papel de los peones sigue siendo el mismo, antes de Pontevedra y Ourense y ahora de Vigo y A Coruña, aunque estos actúan en dirección contraria. Su peso, el de los que forman parte de consejos y asambleas tiene precio, aseguraba esta semana en una conversación de café un parlamentario en Santiago que veía en las posturas de los líderes sociales y empresariales obstáculos salvables. Lo más preocupante tanto para Santiago como para Madrid es que la fusión en lugar de suponer la suma de 1+1 para obtener una caja de fuerza 2, podría acabar por dar un simple 0,8, según apuntan después de conocer las cuentas reales de las dos entidades gallegas.
Además del miedo al fracaso de la operación, a la clase política le asalta el pánico a la estimulación del localismo, terreno de juego en el que los peones se mueven a la perfección. En la Xunta se asiste con preocupación a que a poco más de un año para las elecciones municipales se haya abierto la guerra por las facultades de Medicina entre Santiago y A Coruña; por las inversiones hospitalarias entre Pontevedra y Vigo; por las inversiones para las líneas aéreas entre las tres ciudades con aeropuerto, y sobrevolándolo todo el capítulo de las cajas. El localismo lo sigue condicionando todo, pues, y es el mejor arma de los peones.