Empeñado en lograr para la villa marinera el protagonismo que le corresponde en la ruta marítima, ya piensa en rehabilitar una vieja casa para convertirla en albergue
25 jul 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Lleva 44 años residiendo en Namibia, pero Bouzas sigue siendo uno de los lugares de referencia de José Luis Bastos, en el que al menos una vez al año se encuentra con la interminable saga familiar de Bastos, amén de con sus amigos de toda la vida. «Ahora voy a venir más. Cuando me comprometo a algo me gusta cumplir». En realidad, la promesa a la que se refiere se la ha hecho a sí mismo tras ser nombrado hace unos días presidente de los Cavalleros de Bouzas.
Detrás de la reciente creación de dicha orden está la leyenda (hay quién asegura que historia verdadera) de que el Apóstol Santiago, antes de llegar a su destino definitivo, pasó por Bouzas. «Hay documentos que así lo avalan», sostiene Bastos, que ha empezado a reunir cuanta publicación hace referencia a dicha escala.
Asegura que no hay tiempo que perder, no solo para «reclamar el protagonismo que le corresponde a la ciudad en la ruta marítima de Santiago», sino en el reconocimiento de Bouzas como espacio físico del milagro, amén de en la instauración de la concha como símbolo del peregrino. Prueba del empeño con que se ha tomado la tarea, es que ya le ha echado el ojo a una casa prácticamente en ruinas del casco viejo boucense que piensa transformar en albergue.
Hay pocas cosas que se haya propuesto José Luis Bastos que no haya convertido en realidad. Su periplo vital está salpicado de retos superados. Podría decirse que el primero lo pasó cuando les comunicó a sus padres que no, que su futuro no estaba en el mundo del mar, en el que por entonces se embarcaban la mayoría de los boucenses. Mal sabía él que se estaba equivocando. Pero antes de llegar a ese sector del que intentó apartarse, pudo acercarse al que de veras le gustaba, el turístico. «En el mundo de la hostelería hice de todo, desde pinche de cocina a director de hotel», cuenta. Durante siete años recorrió media Europa, incluida la Escuela de Hostelería de Ginebra, donde en el 63 obtuvo el número dos de la promoción.
Poco pudo saborear aquellas mieles, ya que la prematura muerte de su hermano Juan en un accidente, le obligó a hacer un paréntesis para ocuparse de cerrar los negocios que aquél mantenía en África. Curiosamente, negocios pesqueros. «Mi hermano representaba a armadores españoles en Namibia», explica. Añade que aquel mundo era completamente nuevo para él, hasta el punto de que tardó cuatro años en poner en orden todos los papeles. Para entonces ya le había cogido gusto al trabajo y a Walvis Bay, así es que decidió quedarse. Se siente tan implicado con aquella tierra que cuando el país obtuvo la independencia se nacionalizó namibio.
José Luis Bastos es uno de tantos gallegos que ha hecho fortuna en la diáspora. Un rancho rodeado de un inmenso territorio cuajado de antílopes, leopardos, chacales, cebras... en el que realizan safaris cazadores llegados expresamente de media Europa, una flota de seis buques pesqueros y una factoría de transformación de pescado en la que trabajan 250 personas son sus principales propiedades. Esta última la tiene a la venta porque, dice, «a los 73 años, ya es hora de irse retirando».