Una uruguaya que enjugó las lágrimas por sus vástagos en el mirador del Paseo de Alfonso
09 jun 2009 . Actualizado a las 14:48 h.Lo de «vai chorar a Cangas» se puede extrapolar a esta otra parte de la ría. Y no es que Manuela Elizabeth Santana Quintana (Montevideo, 27 años) sea una plañidera. Pero derramó más de una lágrima en el mirador del Paseo de Alfonso. Son los desgarros del alma de la inmigración. Acuciada por los sinsabores de la vida y, sin un hombro en que apoyarse, confiesa que consoló más de una pena mirando hacia las Cíes. Quizá en ese horizonte donde se junta el mar con el cielo vio reflejadas las imágenes de sus dos hijos. «Es que los extraño tanto... Muchas veces estuve a punto de marcharme. Solo me quedé por su bien», afirma. Desde que ha logrado comunicarse con su familia por Internet, no pasa un día sin chatear con ellos.
Es madre soltera. Tiene dos niños (David's, de 8 años y Kevin, de 6). Están al cuidado de su madre, Cristina, en la capital uruguaya. Ella le envía cada mes todo el dinero que puede para el sustento. Pertenece a una familia de tres hermanas. Las otras dos son más jóvenes y se dedican al servicio doméstico en su país.
Dejó los estudios cuando le quedaba un año para el acceso a la universidad y se puso a trabajar. Pero tuvo que cerrar el quiosco y emigrar. «Además de los periódicos y revistas, tenía muchas cosas a la venta. Sin embargo, lo que no tenía era clientes», explica.
Le bastó con que un anterior novio uruguayo, emigrante en Vigo, se lo propusiera. Ni corta ni perezosa, liquidó su negocio y, un mes después, se plantó aquí. Al mes siguiente, dice que se les acabó el amor.
No le resultó fácil volar en solitario. «Tuve complicaciones hasta para conocer las calles. Recorrí la ciudad de una punta a otra en busca de trabajo. Entraba en las cafeterías y preguntaba si necesitaban a alguien», manifiesta con ese acento tan característico de los rioplatenses. Además, no suelen perderlo, aunque ella solo lleva aquí cinco años.
Su primer contrato lo consiguió, precisamente, en la hostelería. Fue en una cafetería de la calle Portanet. Ahí se le abrieron las puertas para obtener los papeles. Le facilitó que le diesen el NIE (como carné de identidad para extranjeros). Además, les permite trabajar legalmente y con permiso de residencia. «Estaba muerta de tanto trabajar. Hacía jornadas de doce horas, para un sueldo que no alcanzaba los 500 euros. Aunque nos sabía muy bien lo que se ganaba aquí y me parecía una fortuna, comparándolo con mi país, porque en Montevideo no juntaba más de 150 euros al cambio. Pero aguanté, sobre todo para disponer de los papeles», argumenta. Fue rotando por varias cafeterías a medida que se incrementaban sus emolumentos. «Lo máximo que llegué a ganar fueron 1.000 euros al mes, sin las propinas», señala. Estuvo una época sin trabajar. Vivía con otro novio. Incluso habían planificado abrir juntos una tienda. No obstante, esos planes se hicieron añicos, al igual que su relación.
Cuida a dos niños desde hace cuatro meses. «Vivo con esa familia y me gratifica mucho, aunque gano menos. De todos modos, me ha salido un trabajo en una cafetería y es probable que lo acepte, incluso ya se lo he comentado», puntualiza.