El fracaso del 1-M disuelve la falta de química entre Caballero y Domínguez

VIGO

Dos comidas. En los dos años que han transcurrido desde que Abel Caballero y Santiago Domínguez gobiernan Vigo, el socialista y el nacionalista solo se han sentado dos veces a comer en privado. La escueta química entre los dos socios no les ha dado para más. Hasta las elecciones gallegas del 1 de marzo, la máquina municipal la movían dos motores con planes de viaje independientes y cierta tendencia a generar chispas. Aunque el pacto de gobierno nunca ha peligrado, la relación entre Caballero y Domínguez ha estado dominada por el recelo. Un hecho avala este resquemor: tuvo que transcurrir más de un año hasta que el teniente de alcalde presidió un pleno. Durante meses, el regidor se las apañó para no abandonar Vigo durante más de veinticuatro horas seguidas y evitar así una delegación de competencias que hubiese convertido a Domínguez en alcalde en funciones. En aquellos primeros meses, Caballero llevó hasta el extremo su firme apego a la silla al aguantar sin despeinarse plenos de seis y siete horas en los que se las apañaba para no visitar ni el escusado.

Hasta el 1 de marzo pasado, las injerencias de Caballero en las «áreas» de Domínguez han sido frecuentes. La reproducción mimética del fallido esquema que Touriño y Quintana desarrollaron en la Xunta explica la creación y explotación de la marca tenencia de alcaldía, con la que el BNG ha intentando vender gestión. Celosos de sus competencias, cada vez que el alcalde ha pisado un cometido de los nacionalistas se ha encontrado con Santiago Domínguez. «Non permitirei que se vulnere o firmado no acordo de goberno», declaraba el 27 de junio del 2007, días después de firmar el pacto que les ha permitido regir los destinos de Vigo en los últimos dos años. Desde ese día, la frase ha trufado como un mantra la relación del edil del BNG con el PSOE. De cara al público, en estos dos años ha habido muchas pataletas pero pocos puñetazos. Y las que periódicamente surgían en el devenir municipal se esfumaron tras el 1 de marzo. Caballero y Domínguez exhiben desde entonces una relación compacta que demuestra que han entendido el mensaje: están condenados a entenderse, si quieren evitar un castigo como el del 1 de marzo y neutralizar a Corina Porro, embalada en su objetivo de reconquistar la alcaldía.