Dice que los hombres rozan más los pantalones en la entrepierna que las mujeres. También le llevan calzoncillos, cuando les estira mucho la goma, y sujetadores
27 abr 2009 . Actualizado a las 11:42 h.Xulio Vázquez Su vida siempre ha sido un punto y seguido. Pero pendiente de muchos hilos. Empezó a dar las primeras puntadas cuando tenía 9 años y aún no ha parado de coser. Carmen Correa Villar (58 años) es costurera y continúa realizando el oficio de tantas abuelas, aunque con máquinas más modernas. Arregla todo tipo de ropa, piel y punto. Así publicita su pequeño taller, La cinta métrica, en el número 6 de la calle Caracas. Toma más medidas que la mayoría de los políticos, pero ella las lleva a cabo. Nunca le falta un roto, ni un descosido. Aunque jamás le dijo a alguien que lo «zurzan». Y lo de poner botones es su «pan nuestro» de cada día. Utiliza tantas agujas y alfileres como para hacerle vudú a medio Vigo. -¿Le tira la costura? -(Risas). Mis vestidos siempre quedaron bien hechos. Pero sí, me gusta mucho coser. Aprendí desde niña. Le hacía los vestidos a las muñecas, con pelucas y todo. Lo primero que me enseñaron fue a saber coger la aguja. Luego estuve con una modista. -Pero ahora nadie cose. -Es que a las mujeres de mi época nos preparaban para coser, hacer las cosas de casa, casarse y tener hijos. Hoy día la mayoría de las mujeres no saben colocar un botón. Me lo dicen ellas mismas. Pero tampoco les hace falta. -¿Lo de la paridad solo sonaba a parto? -Sí (risas). Afortunadamente, la mujer se fue liberando, accediendo a la universidad y ahora ya puede estar en un consejo de administración como cualquier hombre. -¿Recuerda su primera máquina? -Cómo no la voy a recordar, si todavía la conservo. Tenía 13 años cuando me la regaló mi padre. Menuda alegría me llevé al llegar a casa y mostrármela. Era una Sigma y tenía que pedalear para hacerla funcionar. -¿Sus primeros trabajos? -Primero me dediqué a hacer bordados en mi propia casa, sobre todo sábanas, manteles, servilletas... Tenía una buena clientela. -¿En qué momento se independizó del hogar familiar? -Fue cuando empecé a trabajar en fábricas de coser, en mi juventud. Era una que estaba en Gran Vía y se llamaba Presman. Hacíamos pantalones y americanas. También estuve en otras empresas del ramo. Luego me casé, tuve dos hijas, pero seguí cosiendo en mi casa, por encargo y para fábricas. Después monté mi propio taller en Castrelos. Llegué a contratar a nueve costureras. Había once máquinas. Desde hace dos años estoy aquí y trabajo yo sola. -¿Arregla más ropa que antes? -Ahora me traen a arreglar ropa que antes de la crisis hubiesen tirado. Tengo ahí dos pantalones vaqueros para zurcir que antes se desprendían de ellos. Pero algunos los conservan hasta cuatro años. -¿Quién roza más los pantalones en la entrepierna, los hombres o las mujeres? -Los hombres. Y los jóvenes en los bajos, porque los llevan diez centímetro arrastrando y van barriendo las calles con ellos. -¿Qué otros arreglos hace? -Darle la vuelta a los cuellos de las camisas para que puedan seguir poniéndolas, subir el alto a los pantalones o bajarle a alguna falda. Me traen americanas y vestidos de todo tipo, incluso abrigos de piel y hasta mochilas. -¿Sigue enhebrando bien? -Antes lo hacía a la primera y sin abrir mucho los ojos, pero ahora necesito poner las gafas. Este trabajo afecta mucho a la vista. -¿Se clavó alguna vez? -Muchas veces. En una ocasión me clavé en el dedo pulgar con la aguja de la máquina de coser. Casi me lo atraviesa. -¿Nunca dará puntada sin hilo? -(Risas). Tengo utilizado uno invisible, que me costaba 6.000 pesetas la bobina. Ya no lo fabrican. -¿Si juntase todos los hilos, tendría carrete para rato? -Cuando trabajaba en serie, llegué a gastar un cono de hilo de 10.000 metros al día. Figúrese, con ese carrete imaginario hubiese dado la vuelta al mundo varias veces. Llevo 49 años cosiendo. -¿Cuánto cuesta poner un botón? -Cobro 50 céntimos, pero si solo es uno lo hago gratis. Ya me sucedió con algún viajante. -¿Le traen ropa interior?
-Sujetadores para arreglarle los ganchitos y calzoncillos, cuando se les estira mucho la goma.