Sobre todo mucha, mucha calma. Son los cuatro mandamientos de obligado cumplimiento en la ceremonia del té (cha-no-yu en nipón). Está claro que no es un rito que ejecutivos estresados puedan cumplir cada mañana a la hora del tentempié. Y es que por más que el maestro de ceremonia lo intente, no tarda menos de media hora en cumplimentar cada uno de los pasos de la ceremonia.
Las jornadas orientales que estos días se celebran en la Escuela Oficial de Idiomas permitieron ayer a más de un centenar de personas acercarse a dicho rito de la mano de Eiko Kishi, una auténtica maestra de este complicado oficio. Tanto que el aprendizaje dura años. El principio de la refinada sencillez marcada por los ancestros se observa estrictamente. Cualquiera que sea el rango de uno en la vida, rico o pobre de solemnidad, noble o plebeyo, el té los iguala a todos en Japón.
Además de la vistosa y parsimoniosa ceremonia, en la que llega a doblarse hasta una docena de veces con inusitado esmero la servilleta que se emplea durante la demostración, los asistentes tuvieron oportunidad de asistir a otra actividad no menos curiosa para los ojos occidentales, el arte de vestir quimonos.
También este capítulo esconde todo un lenguaje para los japoneses. Menos mal que Sayuri Nishimura, una de las profesoras de la Escuela, se presta a darme la primera lección sobre el tema. Así me entero de que los quimonos tradicionales presentan importantes diferencias en función de la persona que se los ponga.
Por ejemplo, las mujeres jóvenes y solteras los llevan de manga larga y de colores vivos, en tanto los de las casadas son de manga corta y de colores más suaves. Los de las abuelas también son de manga corta y las más de las veces lisos. Uno podría preguntarse si lo de las mangas no tendría que ser justo al revés. «No, porque las largas son mucho más llamativas», explica Sayuri.
Confeccionados en seda, los quimonos suelen reservarse para fiestas y ocasiones especiales, sobre todo bodas. Si la que lo lleva es la novia, estaríamos hablando de una prenda (en realidad, varias), muy especial. Vestir a una novia tradicional (es imposible que pueda hacerlo ella sola) tiene su intríngulis. Lleva hasta siete quimonos superpuestos, el último de ellos blanco. Y, claro, tienen grandes dificultades para moverse ya que, al margen de lo encorsetadas que van, tienen que soportar un peso que puede llegar hasta los 20 kilos.
Eiko Kishi, licenciada en Psicología en Japón, lleva unos años residiendo en España. Ejerce como profesora de la Escuela Misho-ryu de Ikebana, otro arte que domina con maestría. Su presencia es reclamada siempre allí donde quiere ofrecerse una lección magistral sobre costumbres tradicionales japonesas. Por eso ayer estuvo en Vigo.
Se lo donaron la Fundación Solidaridad Carrefour y Citroën. José Antono Vieira, vicepresidente del Banco recibió ayer las llaves de manos de Juan Andrés Lerchundi, Pablo Ibáñez, Rafael Martín, Celso Alonso e Ignacio Núñez. La donación se enmarca dentro de una campaña de colaboración entre dichas instituciones.
Durante el pasado año la Federación Española de Bancos de Alimentos repartió 69 millones de kilos de comida entre 6.251 entidades benéficas que ofrecen cobertura a cerca de 900.000 personas. El Banco vigués colaboró con 130 entidades benéficas de toda la provincia, que ayudan a más de 9.000 personas.
Lo cual no implica que hicieran las mejores fotografías, capítulo todavía no dirimido por la sui generis organización. Se trataba de disfrutar Vigo en moto en una soleada mañana de domingo, y ese objetivo se cumplió. 80 kilómetros en total con una decena de paradas obligadas.
Lo mejor de la convocatoria (o casi), el punto séptimo de las normas: «La organización se reserva la tabla de penalizaciones, que es secreta. Las reclamaciones se harán a través del maestro armero». Lo dicho, solo necesitaban una disculpa para hacer lo que les gusta, andar en moto. Eso sí, se pusieron serios en el punto dos: «Motos y pilotos cumplirán con la reglamentación exigida por la DGT para circular».