Llegó a Vigo contratado por una empresa de la construcción y desde el año pasado vive del paro, a la espera de que le renueven
10 mar 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Alguien se imagina que estuviese paseando por una calle de Thiès (Senegal) y que al estar parado ante un escaparte, observando uno de los hermosos tapices que salen de las fábricas de esta ciudad africana, se le acercasen unos jóvenes negros y le dijesen «blanco de leche». A Papa Ousmane (39 años) no se le pasa por la cabeza que en su país profieran insultos de ese tipo. Sin embargo, él ya sufrió en más de una ocasión las iras de la xenofobia. «Me tienen llamado negro de... Y eso te duele», afirma herido. De todos modos, en el plato de su balanza pesan infinitamente más los elogios hacia Vigo que las críticas. Lleva aquí desde el año 2001 y ha traído a su esposa Magatte Fall (32 años). Un buen síntoma de que se siente a gusto.
En Senegal estudió mecánica del automóvil y se dedicó a trabajar en un taller de coches. Ganaba al cambio unos 150 euros al mes. Pertenece a una familia de cinco hermanos. Su padre era empleado del Concello de Thiès.
Ousmane conoció en su país a un empresario de la construcción de Vigo (Grupo Jaime Lorenzo) e incluso le encargó algún trabajo. Así fue como le surgió la posibilidad de emigrar, porque le ofreció un contrato. Pero el pasado año tuvo que irse al paro, debido a la crisis económica. «En mi país siempre estamos en crisis, aunque la vida es más barata que aquí», dice.
Primero comenzó trabajando como peón de albañil y luego ascendió a oficial segundo. Solía ganar sobre 1.100 euros al mes, lo que le permitía enviarle algo de dinero a sus familiares más necesitados. «Ahora la situación está un poco crítica, porque en el paro cobro menos, sobre 700 euros al mes, por lo que tenemos que apretarnos el cinturón para llegar a fin de mes», relata.
Asegura que sigue en contacto con la persona que lo contrató y que le prometió reintegrarlo a la empresa cuando se haya superado la situación económica. El paro lo tiene garantizado hasta junio del año 2010.
Pero no se ha quedado de brazos cruzados. Hizo algún trabajo esporádico para Vulcano y alguna otra cosa que le va saliendo.
Su esposa lleva en Vigo alrededor de cinco meses. «Le gusta la ciudad, pasear por la calle Príncipe y ver los escaparates. Quisiera poder trabajar en la hostelería», afirma su esposo, haciendo de improvisado traductor. Fall asiste a clases de castellano y ya entiende algunas palabras, pero todavía le cuesta expresarse. No obstante, se siente optimista y dice que lo aprenderá pronto.
Quien sí lo habla bien es su marido. «Lo aprendí escuchando a la gente en la calle. También me expreso en francés, porque es un idioma que hablamos en mi país», explica
Al menos Ousmane puede sentirse un privilegiado porque no ha tenido que hacer el viaje en patera alguna. Viajó en avión y con todos los papeles en regla. «Muchos compatriotas míos se arriesgan la vida y no merece la pena. Pero cómo les voy a decir que esto no es el paraíso. Pensarían que les estoy mintiendo o que lo hago por envidia. Además aquí cuesta mucho encontrar un trabajo, para cuanto más a los que llegan sin papel alguno», lamenta.
A su esposa la reclamó acogiéndose al derecho de reagrupación familiar. Se casaron en el año 20006 en Senegal.
La filosofía de este senegalés se resume muy bien en su actitud ante la vida. «Prefiero morirme de hambre que pedir limosna en la calle. Tampoco sería capaz de ir a esos lugares en los que dan de comer gratis, porque me daría vergüenza». Y no es orgullo de raza: «Si estoy bien de salud, lo que debo hacer es pensar cada día dónde he de ir para ganarme el pan, por mucho que tenga que sudar. Pedir en la calle no es un buen ejemplo para nadie».
También le duele que le echen las culpas a los extranjeros de las cosas malas que suceden. «Sobre todo a nosotros, que somos negros. Cuando hay un robo, ya nos señalan con el dedo. Yo pregunto: a cuántos negros han detenido por haber robado en Vigo», exclama resignado.