San Blas concita muchas y bien distintas devociones

Soledad Antón soledad.anton@lavoz.es

VIGO

La religiosa y la profana comparten escenario cada 3 de febrero de una forma más que armoniosa. Bien podría decirse que San Blas propicia dos liturgias obligadas, que se cruzan y entrecruzan hasta terminar por confundirse. Unos acuden puntuales a la iglesia, en tanto otros hacen lo propio en los incontables templos adyacentes del yantar y del beber.

La capilla del Santo se abre a las ocho y media de la mañana para oficiar la primera misa. A esa hora solo el montaje de los primeros puestos de venta de exvotos de cera, rosquillas, tazas o pañuelos, indican que ha comenzado la cuenta atrás.

Los que de verdad quieren hacerse un hueco en la iglesia para rezar a San Blas y, sobre todo, los que quieren pasar sus pañuelos por la imagen para garantizarse una garganta sana todo el año, saben por experiencia que tienen que ser madrugadores si no quieren formar parte de una cola interminable.

La procesión, esta vez más corta de lo previsto debido a la inoportuna lluvia que se presentó al mediodía, suele poner el punto y final a los actos religiosos, aunque la afluencia de fieles a la iglesia menudea a lo largo de toda la jornada.

En realidad, las sendas. Se mire adonde se mire, se topa una con el reclamo de estos establecimientos, habilitados en variopintos habitáculos (garajes incluidos) a diestra y siniestra. Antes de enfilar la cuesta de la calle de la iglesia nos topamos con O Carallete, el primero de una lista interminable, de la que también forman parte O Ateneo, O Mosteiro, Os Dabaixo, Os Cepillos, O de Chicha, O Chambi...

Después de las 12 del mediodía todos están a rebosar. No importa que como me decía Pepe, uno de los habituales, que el vino que ofrecen sea malo tirando a peor. La afirmación, claro, la hacía mientras trasegaba la tercera taza y, de paso, el tercer plato de oreja con chorizo, la reina de las tapas de la jornada.

Entre las muchas personas que trataban de abrirse paso en algún furancho, no faltaron los políticos. De todos los signos. Antes de dedicarse a comer y a beber los del PP (Corina Porro, Lucía Molares, Ignacio López Chaves...) asistieron a la procesión. Socialistas (Abel Caballero, Carmela Silva, Isaura Abelairas, Xulio Calviño, Abel Losada...) y nacionalistas (Santi Domínguez, Carme Adán, Elena Maure, Xavier Alonso...) se saltaron la parte religiosa y se lanzaron de cabeza a la gastronómica.

En los restaurantes de dos kilómetros a la redonda no quedaba una mesa libre a la hora de comer. Por ejemplo, en el Soriano. O, por ejemplo, en A Buraca do pavero donde, entre otros, habían reservado mantel Karina Falagan (que se dio cuenta de que había olvidado el monedero cuando fue a pagar las estampas de San Blas), Emilio Lagarón, Manuel Rouco, Pepe Cabral, Tato Garrido, Pepe Cadavedo...

Con todo, el que hizo más negocio fue el joven africano, cuyo nombre no conseguí entender, que plantó su puesto de paraguas en el medio de la marabunta. A ratos no daba abasto a dar cambio de 8 euros, que era lo que costaba la unidad. Yolanda Aguiar fue una de las primeras en formar cola ante el avispado empresario paragüero. Santos Héctor Rodríguez, Clara Gómez o Jaime Escudero fueron otros de los compradores. A los que no les importó mojarse fue a Ramiro Gordejuela o Manuel Sanjurjo, entre otros.

Así rebautizó la voz en off que anunciaba la presencia en el palco del pregonero de la fiesta, Toñito de Poi. El incalificable artista se decantó por un aún más inclasificable pregón. Después de afirmar que es uno de los fans más entregados del cerdo «porque salvó más vidas que la penicilina», se dedicó a desafinar dos o tres canciones, una de ellas dedicada expresamente a San Blas.

Y bien situados en la zona de paso, los puestos de rosquillas, chorizos, boinas, tazas o cera, iban haciendo caja. A ratos a los pocos y, a ratos, a los muchos. En los puestos de velas y exvotos, como el que regentaba Pili, lo más vendido eran unos cilindros de cera huecos de unos siete u ocho centímetros de alto y otros tantos de ancho, que pasaban por gargantas de mentirijilla.

En una esquina del atrio afinaban sus instrumentos, hechos a base de tuberías y codos de plástico, los integrantes de Parabará, un singular grupo musical que toca de oído. Cuando me intereso por los artilugios que afinan me remiten a Paco. «Ha sido el ingeniero», dicen. Y Paco cuenta que tuvo la idea el viernes y que lo montó todo sobre la marcha. Por imaginación que no quede. El año que viene, más.