Un cura atípico cuyas tesis teológicas chocaban con las de su obispo, Ángel Temiño

La Voz

VIGO

Aquella frase hecha de que Perantanito fue cocinero antes que fraile no es aplicable a Bieito Ledo. Y es que él realizó justo el camino inverso, primero fue cura y luego ha venido todo lo demás. Con apenas doce años ingresó en el seminario de Ourense y con 25 (1969) fue ordenado sacerdote.

Cuenta que se entregó a la tarea lo mejor que supo, pero terminó por tirar la toalla dos años más tarde. «Me destinaron junto con otros dos compañeros del mismo curso a Vilardevós. Atendíamos a ocho parroquias. La vida de aquellas familias del rural estaba llena de carencias, así es que nos propusimos mejorarla en lo posible desde todos los frentes, incluido el de las infraestructuras que, por otra parte, eran inexistentes. No cobrábamos por impartir ningún sacramento, pusimos en marcha la acometida de agua corriente a tres parroquias, explicábamos a los parroquianos que no había que tener todos los hijos que vinieran, sino los que se pudieran alimentar y educar, les contábamos que el infierno no existe... En fin, practicábamos la teología de la liberación. Aquello no le gustó nada a Ángel Temiño, el obispo, que inició su particular persecución», relata.

Fruto de dicha persecución empezó lo que denominada su etapa nómada. Primero viajó a Valencia, más tarde a Roma donde estudió Filosofía en la Universidad de los Dominicos, trabajó en una empresa de cosmética en Suiza y en la lavandería más grade de París. De vuelta en Madrid se licenció en la Complutense, dio clases de Religión y Filosofía en un colegio... Allí fue donde terminó por darse cuenta de que aquello no le llenaba. «Ser profesor no era lo que ambicionaba». Decidió regresar a Galicia. «Dudé mucho entre Santiago o Vigo. Al final, el mar ganó la partida a la catedral», resume.