Los tejados y los silos permiten disfrutar de una excepcional vista sobre la ciudad
La sensación en la cubierta de los antiguos edificios de la fábrica es sorprendente. Los vigueses los calificaban coloquialmente de piscinas al verlos llenos de agua, sistema que se utilizaba para regular la temperatura interior. Debido a ello es fácil imaginar que la impermeabilización efectiva no es una técnica que se haya desarrollado en las últimas décadas.
Ahora estos tejados están llenos de hierba y desde allí la panorámica es diferente a cualquier otra: O Castro, al frente, semeja estar a tiro de piedra y ser una continuidad ya que las calles Cachamuiña y Camelias no son visibles; a la izquierda, la Gota de Leche parece un edificio de tamaño discreto junto a la moderna plaza do Rey y el Concello. Por último, el puerto y el mar a la espalda, convirtiendo a la Panificadora en el centro de un triángulo con vértices tan sensibles.
Llegando desde aquí a la cúspide de los silos se obtiene una visión todavía más espectacular por la altura y estrechez del lugar. Es preciso utilizar ajustadas escaleras de caracol de hormigón y llegar a una plataforma de unos pocos metros cuadrados donde una fina barandilla de hierro protege del vacío. En una Panificadora rehabilitada sería sin duda un mirador excepcional.
Entre un lugar y otro es obligado recorrer estancias de la antigua fábrica donde menudean libros de contabilidad y correspondencia tirados por los suelos, al igual que folletos publicitarios y revistas del ramo de la panadería. Con seguridad, al cierre quedaron abandonados a su suerte, que ha sido la previsible.
Pero es aún peor la imagen de los lugares donde se produjeron incendios en estas décadas. Allí ha desaparecido el techo y las vigas ennegrecidas y los montones de libros hinchados por el agua conforman un firme que encoge el corazón a aquellos interesados por el pasado. Pese a ello, es posible intuir como eran las oficinas y como funcionaba el sistema de vaciado de camiones con un raíl en el techo por el que se movían los sacos con operarios también colgados que los controlaban.
Antes de salir recorremos la calle empedrada por la que accedían los camiones, que contaban con su propio taller y servicio de suministro de combustible. Por allí accedían también los vigueses que iban a comprar el pan en esta céntrica manzana que lleva tres décadas a su suerte esperando un golpe de suerte que la saque del olvido.
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