El trueque se hace fuerte en el quiosco

VIGO

En Vigo todavía quedan establecimientos de prensa donde se mantienen vivas costumbres habituales en los años 60 y 70 como el intercambio de novelas

11 sep 2008 . Actualizado a las 11:26 h.

El portal del número 154 de la calle Urzaiz es la puerta a un viaje al pasado por varias razones. Cruzar su umbral ofrece un billete instantáneo para entrar en un mundo que ya solamente existe en lugares como éste, condenados a desaparecer. En el portal del 154 de Urzaiz se asienta desde hace más de 40 años uno de los escasos quioscos que aún quedan en las entradas de algunos edificios antiguos. Pero es que además, su actual arrendatario, cuando cogió el traspaso hace trece años, heredó uno de los servicios a la clientela que sigue manteniendo: el trueque de las novelitas de bolsillo que hicieron furor en los años 60 y 70, conocidas popularmente como «las de amor y las de vaqueros».

El género del corazón y del oeste sigue pasando de mano en mano y aunque no es muy rentable, al quiosquero Ramón Álvarez le gusta seguir con esta costumbre tan nostálgica. «Estas novelitas se siguen editando pero mucha gente prefiere leer las de segunda mano. Las nuevas cuestan mínimo tres euros, mientras que por cada cambio yo les cobro 20 céntimos por las de amor y 10 céntimos las de vaqueros». Evidentemente, Ramón no lo hace por avaricia. Tiene asiduos y asiduas que vienen desde Balaídos, desde Bembrive, hasta de Redondela. «Hay gente que me viene con la lista donde tiene apuntadas las que leyó y las que no». Al quiosquero le gusta charlar con la gente que acude a su tienda, como se hacía antes, y lo cierto es que tiene unos contertulios esporádicos de lo más entretenidos, como Carmen López Viéitez, una simpática octogenaria «del Calvario de toda la vida», que al hilo de la conversación sobre la literatura de quiosco añade sus propias vivencias: «Yo las de Corín Tellado las leí todas a los 18 años».

Carmen se acuerda de aquellos tiempos de guerra en los que al barrio se le empezó a llamar «la Rusia chiquita» y se emociona al pensarlo: «¡Lo pasamos muy mal!, aún me acuerdo de las barricadas donde estaba el chalet de Ramón de Castro», cuenta para, seguidamente, reflexionar sobre el mundo de hoy después de que un niño entrase por tercera vez en el quiosco: «Ahora tienen de todo, pero aún no hace mucho que casi todos no tenían de nada. En mi familia las mujeres somos muy resistentes. Pasamos todas de los 90 años ¿sabes porqué? Porque comíamos moito caldo de fariña. Non había outra cousa».

También cromos

El quiosco de Urzaiz no es el único que mantiene vivo el espíritu del trueque, al que Ramón le ha añadido el intercambio de cromos. Un bar cercano que ha diversificado su actividad con el sellado de quinielas y otros juegos de azar también tiene novelas para cambiar, aunque se arrinconan poco a poco. La tendencia a desaparecer es común con el primero, que traspasa el negocio de prensa ubicado en el portal de un edificio de renta antigua. Este tipo de asentamiento comercial en el rellano de la escalera común también tiene los días contados. Ramón no lo dejará por ese motivo, pero sabe que no despierta muchas simpatías entre los residentes: «La educación se ha perdido. Cada uno va a su rollo y todo estorba, todo molesta. La gente no se da cuenta de que tener aquí un negocio permanentemente da una seguridad, es como tener un portero gratis».