Antes cuidó a una parapléjica en Móstoles, vivió hacinada en Ourense con catorce compatriotas más y se hartó de salir en busca de trabajo sin poder conseguirlo
11 jun 2008 . Actualizado a las 13:30 h.Vino a España para continuar con los estudios que había iniciado en Colombia, pero se tuvo que poner a trabajar. Cambió de domicilio con la misma celeridad que se le acababa un empleo y sentía la necesidad de buscar otro. Además con el hándicap de ser extranjera y sin papeles. Clementina Becerra Medina es natural de Bucaramanga (capital del departamento colombiano de Santander).
Pertenece a una familia de siete hermanos y, junto con su marido, llegó hace diez años a Madrid como turista. Hoy reside en Vigo con su esposo y dos hijos (uno de cinco años que nació aquí y otro de 17 años que había dejado al cuidado de unos familiares). Ya le concedieron la doble nacionalidad, aunque no recorrió un camino de rosas hasta conseguir arreglar todos los papeles, sino más bien de espinas. «Muchos ya te relacionan con el mundo de la droga o de la prostitución por el hecho de ser colombiano. Pero el 99% de los que vinimos aquí es por el mismo motivo que lo hicieron los gallegos a distintos países de Sudamérica: solo en busca de un trabajo honrado», argumenta con amargura.
Recuerda que cuando llegó no le convalidaron ningún curso de lo que había estudiado de Técnica en Alimentación. Tampoco le sirvió de mucho otro que había realizado de Enfermería. Su experiencia laboral se había limitado a trabajar de empleada en algún almacén o tienda durante el verano para aportar algo de dinero a la estrecha economía familiar.
Después de recorrer casi todas las líneas del metro madrileño y de demandar un trabajo por doquier, le surgió uno en Móstoles, donde estuvo cuidando a una señora parapléjica. Solo los fines de semana venía a dormir a Madrid, donde compartía una habitación con otras cinco mujeres y sin poder estar con su marido, porque entre los dos no tenían dinero suficiente para alquilar un apartamento.
Un año más tarde se trasladó a Ourense, pero por más que lo intentó no logró trabajar porque no tenía los papeles de permiso de residencia. «Vivía con mi marido. Nos reunimos hasta quince colombianos en la misma casa para poder pagar el alquiler de la vivienda y nos íbamos todos los sábados a parrandear», afirma sonriendo.
Tanto su esposo como los otros compatriotas trabajaban en la construcción o en lo que les saliera, como descargar pescado. Fue precisamente por lo que apenas medio año después llegaron los dos a Cangas y su esposo se empleó en la carga y descarga cuando llegaban los barcos.
Pero Clementina Becerra no consiguió emplearse hasta que le salió un trabajo en Vigo. «Era una señora mayor que empezaba a tener alzhéimer y fue la que ayudó con los papeles para conseguir la residencia», asegura.
Aunque tuvo que dejarla porque los familiares de la señora no le permitían que fuese a Colombia a buscar a su hijo para que también viviese con ella. «A veces aún la veo en la calle y acudo a saludarla porque nos tenemos un cariño mutuo y cuando vine de Colombia con el hijo mayor le traje un obsequio y se lo di, y se puso muy contenta», explica.
También trabajó en la limpieza, en la hostelería, cuidando unas piscinas y hasta de dependienta de una panadería, pero en este momento se encuentra en el paro, aunque afirma que se lo toma como un descanso tras siete años sin parar.
Su marido tiene hoy día un empleo de soldador en una empresa que hace trabajos, entre otras, para Citroën.
«A pesar de todo lo que me ha pasado, volvería a emigrar», concluye.