El Gobierno gallego decide vender bien los proyectos para Vigo, ante el reconocimiento de que son pocas las obras realizadas
04 may 2008 . Actualizado a las 02:00 h.En el fragor de la derrota de las últimas elecciones autonómicas Manuel Fraga achacaba a la polémica generada en torno al Plan General de Vigo la pérdida del parlamentario que le hubiera dado de nuevo la mayoría absoluta, y con ella su jubilación en el poder y en Galicia. Y aunque las reflexiones en política duran más bien nada, la voz de Fraga se antoja que todavía resuena en la dirección de los grandes partidos. En los últimos días se han lanzado a una siembra masiva en Vigo con la intención de recoger frutos electorales, parece que no dentro de demasiado tiempo.
Aunque la respuesta a la pregunta es siempre la misma, «es una atribución del presidente el decidir la fecha de las elecciones», ya casi nadie duda de que habrá adelanto. ¿Cuánto? Esa es la cuestión, pero lo habrá. Un miembro del Gobierno gallego, sin ir más lejos, contaba hace unas jornadas con los dedos de las dos manos, y le sobraban algunos, los meses que le restaban para conseguir desarrollar un nuevo proyecto antes de que se celebren las elecciones.
Ese conselleiro fue uno de los que en peregrinación han pasado en los últimos días por Vigo, dejándose ver, por aquello de que sus caras no suenen a desconocidas si forman parte de la lista de su partido, pero también por mimar a una ciudad en la que en el seno del propio Gobierno se reconoce que hay más proyectos que obras que atribuirse cuando llegue la hora del examen en las urnas. Por eso la consigna, al menos en la rama socialista, es clara: saber vender los proyectos ideados para el futuro.
Anxo Quintana presentando la maqueta de un centro de día para Coia; Anxela Bugallo apoyando la Universiada; María José Rubio revitalizando y adornando el proyecto del nuevo hospital y tranquilizando a la patronal; Méndez Romeu bendiciendo la cesión de un nuevo local para el Eixo Atlántico; José Ramón Fernández Antonio contando al empresariado local el respaldo de Economía a la exportación; Traballo impulsando un plan de empleo para el Concello, como el que en su día hiciera en el puerto (con un gran éxito además entre la militancia y simpatizantes del PSOE); Carmen Gallego poniendo la alfombra roja a los armadores de NAFO; Sánchez Piñón, echando un ojo a la Universidad y otro al colegio Virgen del Rocío, y Teresa Táboas, lanzando millones para la Plataforma Logística de Salvaterra, conformaron la agenda de viguismo repentino de la Xunta en los últimos 15 días.
Pero la guinda, la prueba del algodón de que los votos de Vigo importarán más o menos, pero está claro que son muchos, la pusieron el propio presidente de la Xunta, Emilio Pérez Touriño, y la conselleira de Política Territorial, María José Caride.
En un buen trabajo de ordenación, clasificación y cuantificación de los proyectos viarios previstos en Vigo por el Concello, la Xunta y Fomento se quiso presentar como nuevo lo que en su mayoría forma parte de la deuda histórica en infraestructuras a la ciudad, evidenciando la puesta en escena, primero a la prensa y a los agentes sociales después, que hay preocupación electoral por Vigo.
También demostró la misma inquietud el PP, que con Alberto Núñez Feijoo al frente enlazó en la ciudad una serie de comparecencias (con Palmou, Santalices, Alejandro Gómez y López Chaves) para atacar donde al ciudadano más importa, a la salud, o mejor dicho al estado de las infraestructuras encargadas de cuidarla.
«Es verdad que tenemos que conseguir hacer ver mejor los pasos que ha dado la Xunta en Vigo en los últimos tres años», reconoce un alto cargo del Gobierno gallego, que asiente cuando se recuerda que la ciudadanía llegará a las urnas sin ver el auditorio, la Ciudad del Mar, la Ciudad de la Justicia, la creación del Área Metropolitana, palpar más cerca el AVE o el nuevo hospital, las autovías a O Porriño y a Pontevedra o por qué no, el traslado a Vigo de la Consellería de Pesca, una promesa de Touriño que él lanzó sin que nadie se la hubiera pedido.