«Delicado Baeza me dijo que no era adecuado para estar en un seminario»

VIGO

Antes de convertirse en una de las caras visibles de Cedro trabajó en varios astilleros donde, en los años del sindicalismo clandestino, tenía el alías de «El Riouxa»

29 mar 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Cuanto más se bucea en la vida de Antón Bouzas más se constata que pocas personas como él cumplen tan a rajatabla aquel mandamiento que reza que hay que amar al prójimo como a uno mismo. Lo cual no es óbice para que un buen día de 1971 le echaran del seminario vigués. En aquella expulsión tuvo mucho que ver, además de su rebeldía para acatar según qué normas, el que sigue siendo unos de sus rincones favoritos de la ciudad, la calle de la Herrería, «más en concreto el número 45, en el que residí durante ocho años».

La historia de cómo un joven nacido en Pontevedra, de padre militar, que vivió en Tenerife hasta cumplidos los 20, llegó a la que sigue siendo una de las zonas más degradadas de Vigo no tiene desperdicio. «Pedí permiso en el seminario para asistir a una conferencia en el viejo auditorio de Marqués de Valladares. Mi sorpresa fue mayúscula al observar que la butaca contigua la ocupaba un niño de ocho o nueve años. Me pregunté qué pintaba allí. No recuerdo bien el título de la charla, pero iba de algo así como la influencia de Oriente en el catolicismo de Occidente», cuenta.

Cuando descubrió que Lito, que así se llamaba el pequeño, era un asiduo de la sala porque, según le dijo, «las butacas son cómodas y se está calentito» Antón Bouzas quiso conocer los escenarios en los que se desarrollaba su vida. Así entró por primera vez en la Herrería. Enseguida entendió los por qués de Lito. Y también enseguida se comprometió con la dura realidad con la que se topó, en la que la prostitución no era el mayor de los problemas.

Proa al Casco Vello

Empezaron a menudear sus salidas del seminario. Ponía proa al Casco Vello a la menor oportunidad. Trataba de sacudirse como podía otras responsabilidades que le asignaban, y que él consideraba menores al lado de lo otro. «Hasta que un día Delicado Baeza, entonces obispo, me leyó la cartilla. Me dijo que podría ser un gran sacerdote en un futuro, pero que no era adecuado para estar en un seminario».

Y ahí termino todo. O empezó, según se mire. Porque otros cuatro compañeros optaron por abandonar y seguir sus pasos. Los cinco compartieron aquel primer piso (quizá era el segundo) del número 45 de la Herrería. Allí vivía cuando conoció a su primera mujer y allí nació el primero de sus tres hijos. A día de hoy el edificio es uno de tantos del barrio que ha terminado con sus piedras en el suelo.

Al tiempo que trataban de organizar actividades para los hijos de las prostitutas y de poner el embrión de la Asociación Veciñal e Cultural Casco Vello, entonces Asociación de Afectados del Castillo de San Sebastián, Antón Bouzas pasó por las nóminas de empresas tan emblemáticas como Álvarez o diferentes astilleros, en los que trabajó como electricista o como calderero.

Así empezó a descubrir otro Vigo y, con él, la lucha sindical en la clandestinidad. Las iglesias volvieron convertirse en un punto de referencia en su vida, pero ahora como escenario de encuentro de aquellas incipientes Comisiones Obreras o de partidos de izquierdas por entonces muy lejos de la legalización. Era una forma de sentirse a salvo o de despistar a las fuerzas de seguridad.

Como la mayoría de sus compañeros tenía un nombre en clave, El Riouxa, por el que todavía le conocen muchas de las personas con las que compartió experiencia aquellos difíciles años del tardofranquismo.

Nacimiento de Cedro

Corría ya 1984 cuando un día descubrió un anuncio de trabajo en los periódicos. Se ofertaban varias plazas para formar un equipo multidisciplinar. El Concello había tomado la decisión de crear un dispositivo de asistencia a drogodependientes. Nacía así Cedro. Y allí estaba Antón Bouzas. «Fue una época durísima pero ilusionante. Los recursos eran mínimos, pero el equipo lo dirigía el doctor Teixeiro, un psiquiatra creativo e innovador a cuyo lado nunca dejamos de aprender», asegura.

Veinticuatro años después Cedro sigue siendo la segunda casa de Antón Bouzas. Allí comparte trabajo con Mariló, su segunda mujer y parte sustancial de un efectivo tándem, y allí ha sido testigo de muchas miserias humanas y de algunas alegrías. No se atreve a elegir el mejor y el peor momento vividos. «Ha habido muchos, sobre todo de éstos últimos», reconoce. Ha tenido que aprender a convivir con el dolor y con la muerte. Dice que ésta no le impresiona. «He visto morir a muchos toxicómanos. Lo que sí me impresiona es lo solos que mueren. A esto sí que no me acostumbro ni me acostumbraré».