El goleador «pata negra» se reivindica

Juan Villar

VIGO

Hace tres años Jesús Perera López (Olivenza, Badajoz, 1980) se convirtió en una pieza clave para que el Celta consiguiese el ascenso a Primera División, con sus goles decisivos en los últimos meses de competición después de haber llegado en el mercado de fichajes de enero.

Ni él mismo pensaba hace cuarenta y ocho horas que esta temporada podría asumir de nuevo un rol destacado a la hora de que el equipo consiga su objetivo, el mismo que cuando llegó a Vigo. Pero después de no haber entrado en ninguna convocatoria durante las seis primeras jornadas del campeonato de Liga, Stoichkov le dio este fin de semana una oportunidad y el extremeño se reivindicó en apenas media hora de juego. Los gritos de «¡Perera, Bota de Oro» volvieron a escucharse en las gradas de Balaídos.

Es un futbolista que siempre ha vivido con la portería rival entre ceja y ceja. El gol le ha acompañado durante toda su trayectoria profesional y gracias a esa alianza puede vivir del fútbol. «Si no hubiese sido futbolista seguramente estaría vendiendo jamones con mi suegro», comentaba Perera hace unos años en un chat con aficionados del Albacete, club con el que consiguió proclamarse máximo goleador de Segunda División en la temporada 2002-03, al conseguir 22 dianas, dos más que David Villa, por entonces en el Sporting de Gijón.

Jamones ha vendido igualmente Perera en el vestuario celeste. Pero lejos de la anécdota, al punta extremeño se le puede considerar un auténtico goleador pata negra a pesar de que nunca ha vuelto a consagrarse como titular en ningún equipo desde aquel año del Pichichi. Pero su rentabilidad goleadora ha sido espectacular con un máximo aprovechamiento de los escasos minutos que ha tenido.

El éxito en tierras manchegas le abrió las puertas para quedarse en su equipo de origen, el Mallorca. Sólo le dieron minutos en 19 partidos, de los que fue titular en cuatro, y aún así consiguió sumar la nada desdeñable cifra de seis goles. Tenía que competir en aquella delantera con Samuel Etoo, entre otros.

El año siguiente volvió a vivir la misma situación y el club balear le abrió las puertas en el mercado invernal. Llegó como refuerzo cedido al Celta de Fernando Vázquez, que estaba luchando por ascender a Primera. En catorce partidos, la mayoría de ellos saliendo desde el banquillo, sumó siete goles, que llegaron además en partidos importantes. Sin sus goles es casi seguro que el Celta no habría regresado a la élite del fútbol español.

Se ganó el cariño de la afición, que le situó casi a la altura de Gustavo López con sus cánticos en Balaídos, y el «Perera quédate» de la fiesta del ascenso tuvo su efecto, pues el jugador presionó durante la pretemporada en el Mallorca para que le dejasen irse al Celta.

Llegó con un traspaso por una cantidad simbólica, pero en el club celeste le tocó vivir a la sombra de Fernando Baiano. La campaña en la que los celestes se clasificaron para la UEFA, el extremeño solamente dispuso de 720 minutos entre Liga y Copa del Rey, en los que marcó ocho goles. Eso supone una media de un gol cada noventa minutos, una cifra que mejora la que ofreció el verdadero Bota de Oro de esa temporada, el italiano Luca Toni.