Una investigación prometedora puede convertirse en un fármaco eficaz. Pero el camino no solo no es difícil, sino que, por lo general, suele estar condenado al fracaso. Lo saben bien las multinacionales farmacéuticas, ya que solo uno de cada 10.000 compuestos que ensayan con una hipotética potencialidad terapéutica llega al mercado. Y tampoco es barato, ya que se tarda una media de diez años en desarrollarlo con una inversión de entre 700 y 800 millones de euros, cantidad en la que también se incluye el gasto realizado en los compuestos que han fracasado.
Tanto Marisol Soengas como Damiá Tormo conocen muy bien estos datos. Pero su caso es distinto. Buena parte de su trabajo lo han llevado a cabo en un centro de investigación público, donde han descubierto, a nivel básico, los mecanismos de autodestrucción de las células malignas en tumores agresivos y el agente que podría eliminarlos. Y allí fue donde realizaron las primeras pruebas, más que prometedoras, en cultivos celulares y animales de experimentación. Pero ir más allá suponía un elevado coste y un riesgo financiero muy alto para una institución pública.
Fue entonces cuando decidieron asumir el reto de un proyecto para el que contaron con la colaboración del Instituto de Empresa, Genoma España, el Ministerio de Ciencia e Innovación y de financiación privada.
Su apuesta sigue siendo arriesgada, pero tiene una base sólida. Y ofrece una esperanza. «Si esto sale -apunta Damiá Tormo- el impacto que puede tener en los pacientes es muy elevado, aunque es un riesgo alto y tampoco queremos crear falsas expectativas».