Su padre y su madre le decían que si tenía una pesadilla, cerrara y abriese los ojos y desaparecería para siempre. Pero ese recuerdo, no. Ese lugar, no. Esa gente, no. Eso seguía ahí perturbándolo, despertándolo sudoroso y tembloroso, con la misma sensación de estar a las puertas de la muerte que aquel fatídico tiempo, aquel fatídico recuerdo, le recordaba siempre, y siempre?
Aún tenía en la memoria ese día. Cómo les obligaron los soldados a presentarse en la estación aquella mañana de septiembre. Cómo, con sus maletas listas y sus trajes impecables, no daba la sensación de ir a la muerte. Cómo, en un intento de humillarlos al extremo más profundo, los metían lo más apretados posible en vagones para el ganado, empujándose unos a otros, como cerdos que iban al matadero. Nadie debía pensar en lo cerca que estaban de morir. Unos decían que era un viaje; otros, una inspección. Idiotas? no tenían ni idea. Ni la más remota idea. ¿Cómo lo iban a saber si nadie volvía de allí? ¿Cómo lo iban a saber?
Llegaron sobre el mediodía. Al final del recorrido estaba, siniestra, tétrica y macabra, una verja sobre la cual estaban colocadas estratégicamente las letras de una horrible frase: «Arbeit macht frei». El trabajo os hará libres. Después de bajar del tren, les obligaron a entrar en fila india bajo las atentas miradas de los soldados alemanes. Lo que nunca olvidará de ese lugar fue esas miradas y esa actitud superior de los militares. Al principio de la fila, con escolta, estaba un sargento de mirada fría y silencio por voz. Observaba al prisionero medio minuto, y decidía, con un gesto vago a la derecha o a la izquierda, su muerte o su vida. Lo que le atormentaba por las noches, lo que le impedía dormir era cómo, con gesto adusto y sonriendo de maldad, hizo que los soldados se llevasen a su padre y a su abuelo.
A la mañana siguiente de las chimeneas salió un humo completamente negro. En sus sesenta años de vida, nunca se atrevió a pensar de dónde vendría.