Matilda y el recuerdo de su gato

Marta Fernández Dans

SOCIEDAD

Matilda abre la puerta y recibe de su hija Carola un hermoso regalo: un gatito recién nacido. Un gatito original con un rabo en forma de anzuelo. De nombre fue Lolo. Y Lolo se hizo grande, cariñoso y responsable. Por eso pudo quedarse solo al cuidado de la casa durante ese caluroso agosto.

En ese mes y con la luna de verano, una gata parturienta decide escalar la valla del jardín y conocer a Lolo. Es bien recibida y se instala.

Nacen diez gatitos. Se termina el mes y Matilda regresa a casa y se asusta. Pero Lolo, que estaba castrado y sin culpa, consigue conmoverla. Y ella, que se derrite al verlo como padre adoptivo y protector, lo comprende y perdona. Lo observa en su nueva fase. Lo observa detenidamente. Descubre a su gato enamorado, muy enamorado. El amor en el brillante azul de sus ojos y en su mirada. El amor en los lentos paseos de pareja jugueteando con las patas de su amada. El amor en el transcurrir de los días felices mientras los gatitos se criaban. Y al criarse, crecieron. El jardín se llenó.

Matilda y sus hijas empezaron a encontrarse incómodas. Decidieron darlos en adopción. Los diez gatitos se fueron. La pareja de Lolo quedó destrozada al encontrarse sin su prole. Y una noche clara, con la misma luna y en la misma valla, así como entró, salió. Pero esta vez sola, sin hijos dentro de ella, sin su amor, sin familia, desarraigada. Huyó para siempre. Lolo no pudo resignarse. Desesperadamente, todas las noches la buscó. Demasiadas noches, demasiado exhausto, demasiado solo. Enfermó. Sus ojos azul brillante dejaron de brillar y murió. Murió de amor. Matilda entendió esta destrucción y se culpabilizó. Lloró largamente, amargamente. Lolo quedó anclado en su mente, en sus recuerdos. En las noches de luna lo sueña. En las noches de verano lo encuentra.