Chapuzón en el agua más fría de Galicia

Nacho Mirás A GUARDA/LA VOZ.

SOCIEDAD

«Aquí duelen hasta los huesos», asegura un socorrista de la playa de Camposancos, en A Guarda, con temperaturas que rondan los 15 grados

11 ago 2010 . Actualizado a las 10:32 h.

Uno llega a la playa de O Muíño, en Camposancos (A Guarda) y es suficiente observar al paisanaje para darse cuenta de que sus aguas tienen algún inconveniente. No se ven aletas de tiburones ni tampoco medusas. El agua es clara y limpia, sí, pero resulta evidente que no es proporcional el número de bañistas al de personas que toman el sol en la arena. De frente, Camiña, Moledo y Praia de Ancora, en el vecino Portugal; a estribor, América, mar por medio; a babor, la fusión dulce del río Miño con la mar salada. Y, en la popa, un fantástico pinar y un amplio aparcamiento que convierten la zona en un lugar ideal para pasar un día de playa con la familia.

Por si fuera poco, sobre un mástil imponente ondea una bandera azul de la Unión Europea, garantía de calidad y servicio. ¿Cuál es el problema entonces? ¿Dónde está el inconveniente? En la temperatura del agua, la más fría de las costas gallegas, según MeteoGalicia.

«Aquí duelen hasta los huesos», dice Aser Ferreira, socorrista en Camposancos y que vigila la línea del mar con sus compañeros David González, Raquel Baz y Ezequiel Rodríguez. En un arenal como este, los vigilantes de la playa tienen una ventaja: son pocos los bañistas que se atreven a mojar las carnes en unas aguas que, lejos de ser caldo mediterráneo, son vichyssoise, gazpacho helado. «Con marea baja está algo más caliente ?explica Aser?, pero sí que está muy fría. Y, si alguien está en apuros, nosotros tenemos que entrar igual».

Ezequiel cuenta que alguien que sabe del asunto le explicó que, en una desembocadura como esta, el problema es que el agua del mar «le da la vuelta a la del río». Miño arriba es posible medir temperaturas que rondan los veinte grados, pero eso cambia violentamente según el agua dulce penetra a la salada. «Aquí ?añade? con mareas cheas podes medir once ou doce grados».

No hay dolor

Jorge Monteiro es un emigrante portugués en Suiza. A diferencia de la mayoría de arenistas que pueblan la playa y, si acaso, se refrescan los pies, él se entrega en cuerpo y alma a las aguas más frías del litoral gallego, y se zambulle, y sale, y vuelve a entrar. No hay dolor. «Hai días que está máis fría», dice sin que le tiemble siquiera la barbilla. Un grupo de chavales se pican con la temperatura del agua. «Es que no estáis acostumbrados al mar de Galicia», le dice una niña a unos compañeros que tienen acento de tierra adentro.