De las dificultades que todavía existen para la normalización de la convivencia religiosa da fe el episodio que ocurrió el año pasado en Ourense, similar al acontecido en Oleiros dos años antes. El pasado mes de abril, la policía municipal desalojó y cerró una iglesia evangélica por falta de licencia, pese a que, según sus promotores, había estado en tramitación durante años. Al parecer, un vecino denunció a la comunidad considerando que su piso, en la misma escalera, perdería valor por el uso que se le estaba dando al que alquiló la iglesia evangélica.
Finalmente, el templo ha sido reabierto y la iglesia se reúne con normalidad. Eso sí, con un sonógrafo permanente. «Una medida que no exigen ni a un bar de copas», recuerda David Rego, secretario del Consello Evangélico de Galicia. Rego, como la mayoría de los evangélicos, opina que aún son vistos como «gente rara», asociada en alguna medida a sectas o a otras confesiones como los Testigos de Jehová, con quienes nada tienen que ver. «Es nuestra asignatura pendiente -asegura Rego-. Darnos a conocer».