La comunicación mediante aromas y el contacto de dedos y manos es vital para el lucense José María Prieto Lago, uno de los pocos gallegos que es sordo y ciego
10 dic 2009 . Actualizado a las 02:00 h.La caricia de las olas, el olor a salitre y el picor del agua salada son sensaciones únicas para José María Prieto Lago (Covas, Viveiro, 1960), una de las pocas personas sordociegas que hay en Galicia y la única que es socia de la Asociación de Personas Sordas de Lugo.
El no oír y el no ver convierten su relación con el mundo en un reto diario. Ángeles, su madre, y su hermana, que también se llama Ángeles, aprendieron el alfabeto dactilológico para comunicarse con él a través de los dedos y la palma de las manos. «Mi padre [Germán] sabe un poco, pero se equivoca mucho, parece tartamudo», vocaliza José María con una sonrisa y bastante fluidez. Dialogar con él es imposible sin la ayuda de alguien que domine el lenguaje de los signos. En este reportaje medió Bárbara Mejuto, intérprete de la FAXPG (Federación de Asociacións de Persoas Xordas de Galicia).
«Mi vida está adaptada al silencio, no me comunico con casi nadie», relata. Nadie sabe si es sordo de nacimiento o si perdió el oído por una grave otitis que padeció de bebé, pero lo que realmente añora es la época en que tenía restos de visión.
Entonces aún pescaba y buceaba en el mar, corría desde su domicilio hasta el campo de Naseiro -hay más de 8 kilómetros-, clavaba cajas de madera en la fábrica de su padre, disfrutaba de las películas de su ídolo, Bruce Lee, y dedicaba horas a su gran pasión: la escultura. Una afición que pulió desde los 15 años con el profesor Juan Luis Otero y que lo llevó a exponer en Madrid, Barcelona, varias ciudades de Galicia, Asturias y Cantabria, e incluso a viajar a Estados Unidos para mostrar sus piezas en Los Ángeles. «Las exposiciones le dieron la vida», recuerda con emoción su madre, que fue florista.
Hace diez años que los ojos de José María se apagaron. Tuvo que abandonar martillos y cinceles y se refugió en casa. Sale pocas veces. «Voy con mi hermana y a lo mejor alguien me coge la mano y me escribe con los dedos: ''soy tal persona''; pero no sabe continuar», lamenta.
«Viveiro es muy aburrido aunque muy bonito; no es como Madrid, Barcelona, Lugo o Santiago. Aquí no hay otras personas sordociegas para practicar, ni tantas actividades, exposiciones y ferias», revela José María, quien a pesar de los inconvenientes prefiere vivir en la ciudad del Landro, a orillas del Cantábrico. «Al bañarme en el mar siento cariño, es como una mano gigante que me toca, que me arropa como si fuera un bebé».
Quería ser marinero
«De pequeño quería ser marinero, pero no pude porque no veía bien, y me sentía muy enfadado con mi vida», admite. José María hace su cama, tiende y recoge la ropa, pone la mesa, camina seis kilómetros diarios..., pero depende de los demás para hacer muchas cosas.
Con todo, es consciente de que su peor enemigo es el aislamiento. Por eso disfruta tanto con pequeños detalles del día a día. Uno es ir a la tienda «de los chinos», en Viveiro, donde ya lo conocen y le permiten tocar todo tipo de figuras. Otro es probar colonias. «Salgo mareado por el olor», sonríe el hombre, que tiene muy desarrollados el tacto, el olfato y el gusto. «Me encantan los percebes, aunque no los como muy a menudo porque son muy caros», explica.
Con 70 años cumplidos, sus padres se muestran «muy preocupados» por el futuro de su hijo. «La vista le va a menos, por lo que nosotros también nos vemos reducidos a cero. Antes, con la ilusión que tenía nos arrastraba a todos», confiesan. Entonces José María envía un mensaje de esperanza: «Estoy esperando que los científicos descubran una solución para mis ojos. Hay que tener fe».
Por ahora, las prestaciones para los sordociegos son mínimas. Un mundo «desconocido y abandonado» al que las Administraciones apenas prestan atención, como denuncia su familia.