Hacer vida en el tejado de la catedral de Santiago era algo extraordinario, a pesar de los inconvenientes que suponía para tres niños no poder montar en bici o tener que hacer pis al aire libre, sobre el claustro
Aunque vivir a cuarenta metros tenía sus ventajas, no era algo que careciese de inconvenientes. Jesús Fandiño, el hijo mayor del difunto sastre y campanero de la catedral compostelana, cuenta que el agua se llevó al tejado cuando su familia se instaló, pero que quienes ocuparon la pequeña casita antes tenían que apañárselas subiendo calderos a pulso.
-Perdone el atrevimiento, Fandiño, ¿y lo de ir al servicio como lo solucionaban?
-¿Ves ahí al fondo, donde estaba el gallinero, hacia el claustro?
-Sí, debajo de las almenas...
-Pues mira si había o no metros de servicio ahí. Acababa todo en el gallinero.
Otro de los problemas serios se producía en ciertos días de viento. Al estar la vivienda encajada entre la torre y la nave central, el tiro de la chimenea era nefasto, y los Fandiño acababan ahumados como arenques.
Secretos de altura
Desde Madrid, Ricardo Fandiño, el pequeño de los tres, el único que nació en la mismísima catedral, se emociona al recordar todo aquello: «Para mí era un lugar natural, era mi lugar». Y cuenta un secreto que tiene mucho que ver con aquella manera de vida: «Hoy, con más de sesenta años, todavía no sé montar en bicicleta. Y no aprendí porque eso se hacía en la calle, pero nosotros no jugábamos abajo, sino que subían nuestros amigos al tejado, que era mucho más divertido. Y en aquel plano inclinado la bicicleta no era una opción».
Su hermano Jesús enseña un pequeño campanario de piedra que hay al final del tejado de la nave central de la basílica santiaguesa. Ahora está vacío, solo queda el arco, pero durante mucho tiempo hubo una pequeña campanita que era todo un sistema de telecomunicaciones: se accionaba desde abajo con una larguísima cuerda y servía para llamar a servicio al campanero. «Lo que nunca dejamos de tener fue gato, porque había muchos ratones», añade Fandiño. Tanto Ricardo hijo como Jesús recuerdan con especial cariño a un micifú que no es que cazase demasiados ratones, pero que era un monstruo con las palomas, el amo. «Igual que mi cuñado, el asturiano, cuando venía de visita», bromea Jesús. Otro secreto es una losa que se encuentra sobre una de las ventanas de la torre, en el exterior, hacia Platerías: «¿Sabes para qué servía? Ahí encima ponía mi madre a secar los quesos». Los quesos mejor ventilados de Santiago.
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