La voz de Leonard Cohen seduce a Castrelos

SOCIEDAD

Elegante y entregado, el artista arrancó aplausos desde el primer minuto a un público que disfrutaba de su leyenda

15 ago 2009 . Actualizado a las 01:10 h.

Leonard Cohen sedujo ayer noche al auditorio del Castrelos durante las cerca de tres horas que duró el recorrido por sus cuarenta años de carrera musical. Tocado con su negro sombrero, tipo borsalino, elegantemente vestido de negro, y muy mayor, Leonard Cohen apareció con la media sonrisa de quien sigue asombrándose de lo que ocurre en el mundo.

Las miles de personas -según la organización, unas 15.000, aunque solo se pusieron a la venta 1.700 entradas- le recibieron con un sincero, y previsible, aplauso. Su respuesta fue tan sencilla como proponer un baile, un baile eterno, incluso hasta el final del amor, sentimiento permanente en su repertorio. Al contrario de lo que hacen otros músicos, que chillan el nombre de la ciudad en agradecimiento al dineral que se embolsarán por la actuación, el veterano poeta se limitó a dar las buenas noches y agradecer la presencia de los asistentes en un marco tan increíble. Eso sí, lo hizo a su estilo, en la cuarta canción.

La elegancia presidió el escenario de Castrelos durante toda la actuación. Una elegancia sobria, ceñida a la gravedad existencial que emana de la enjuta figura del artista canadiense. Y esa voz. La voz que subyugó a varias generaciones, se deslizó entre los árboles del auditorio al aire libre, gustosa con el entorno hacia donde había sido enviada. Sí, es cierto que ya es la voz de un septuagenario, que ha tenido que adaptar su repertorio al paso del tiempo. Que no aguanta ascensiones y que se cobija en una espléndidas compañeras femeninas, como quedó patente en Boogie Street . Pero a pocos importó. Es lo que tienen los clásicos. A pesar de que hayan sido escritos hace años, siguen siendo contemporáneos.

El concierto no se apartó demasiado del esquema repetido en otras plazas. Un primer bloque de diez canciones, entre las que se encontraban Everybody Knows , In My Secret Life o la inicial Dance Me to the End of Love . Un descanso de veinte minutos, y una segunda tanda de siete canciones, antes de entrar en los bises. Es lo que la gente esperaba escuchar. Suzanne, con la guitarra en las manos; el bíblico Hallelujah , o las enormes Tower of Song y I'm Your Man , sin olvidar So Long, Marianne o First We Take Manhattan .

Cohen estuvo maravillosamente acompañado por Roscoe Beck (bajo eléctrico y contrabajo), Neil Larsen (teclado), Bob Metzger (guitarra), Dino Soldon (armónica y saxofón), Rafael Bernardo (batería) y el aragonés Javier Mas (laúd, bandurria y guitarra de 12 cuerdas), la cantante solista Sharon Robinson y las coristas Charlie y Hattie Webb.

Fue una gran noche. Un concierto memorable, apoyado en la eternidad de su repertorio y en unos enormes músicos que, demostrando su saber, le entregaron todo el protagonismo al canadiense. Él, muy mayor, les correspondió con un gran esfuerzo que se tradujo en una sorprendente fuerza vocal. Un público puesto en pie así lo reconoció con aplausos emocionados.