María Cadahía acaba de llegar a los Balcanes participando en un programa de la ONU tras dejar Ecuador y Filipinas, siempre vinculada a la protección ambiental
«Al principio, la experiencia no es nada fácil, te encuentras muy sola, pero poquito a poco las cosas van adquiriendo sentido». María se ha enfrentado a esa sensación al menos en tres ocasiones, y en otros tantos continentes. Primero América, con una experiencia doble en Ecuador durante 18 meses, vinculada al desarrollo rural. Luego llegó Asia, Filipinas. Otro año y medio de actividad como voluntaria en una de las zonas más pobres del país. Y ahora, en Montenegro, uno de los países más jóvenes del planeta.
«Cuesta que te inserten socialmente, mi mayor dificultad aquí es cuando estoy fuera de la oficina, porque no hablo montenegrín. Es una impotencia tremenda y no me había pasado nunca». Así se va asentando en Podgorica, la capital. Hace apenas dos meses que dejó su último destino. Estuvo como voluntaria de la oenegé británica VSO en un pequeño municipio llamado Salcedo, en Filipinas, «codo con codo» con la población local como asesora de gestión de recursos naturales, la especialidad que la ha llevado de un punto a otro del globo. «Me llevó medio año conseguir un proyecto para el municipio, otros seis meses que el municipio se involucrase en ese proyecto, y 18 en total ganarme la simpatía y el apoyo de la gente, todo ello después de un largo proceso de reuniones, presentaciones... con el alcalde, concejales y otros miembros de la comunidad».
Salcedo está catalogado como un municipio de quinta clase, solo un escalón por encima de las zonas más pobres. «La mayor parte de su población vive de los recursos naturales, de la pesca y de la agricultura; no tienen educación ambiental, así que la sobreexplotación de los recursos, la pesca y la tala de árboles ilegales son algo común». Se precisaba un cambio de rumbo.
Y costó. Tiempo, esfuerzo, y, sobre todo, persuasión para que la población local entendiera las novedades. «Los mayores problemas fueron la corrupción y la credibilidad como profesional por ser joven y mujer. Es muy duro vivir en una zona muy rural y aislada, sin facilidades, donde tú eres la única extranjera, y cuyo ritmo es muy lento». Al final, «con el apoyo de la Iglesia católica, fuimos capaces de concienciar y movilizar a la gente del lugar para que parasen algunas de las irregularidades de las actividades mineras y para que tanto el Gobierno provincial como el regional tomasen medidas en el asunto».
Hoy la tarea que impulsó permanece y hay otras comunidades próximas que han copiado parte de su sistema, como le acaba de narrar un amigo desde el país. «Eso me da una satisfacción tremenda».
Aunque para llegar adonde está ahora el primer paso fue Ecuador, en un proyecto de ingeniera forestal dentro del programa Joven Cooperante, en el verano del 2003. Supo, tras seis meses allí, que era a eso a lo que se quería dedicar. Repitió un año más, en un programa cofinanciado por la Xunta, desarrollando una agenda ambiental completa. «Lo que me motiva para continuar son las sensaciones y emociones que se experimentan trabajando y viviendo en un país menos desarrollado, cuando miras hacia atrás con la satisfacción de haber superado retos personales y profesionales y haber dado todo lo mejor de ti para ayudar a los demás». Esa experiencia «imprime carácter para toda la vida, aunque esto no vale para todo el mundo».
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