Los vecinos defienden a Williamson

Agustín Bottinelli

SOCIEDAD

En La Reja, cerca de Buenos Aires, elogian la obra del obispo que cuestionó el Holocausto. En su seminario no se ve la tele, se escribe con pluma y la misa es en latín

01 feb 2009 . Actualizado a las 02:00 h.

Los vecinos de Richard Williamson, el obispo que puso en duda la gravedad del Holocausto, están felices con la obra social y religiosa del seminario que dirige desde hace siete años en La Reja, una localidad ubicada a 40 kilómetros al oeste de Buenos Aires. El obispo dijo en noviembre que el nazismo «mató a 300 mil personas» (en lugar de seis millones) y que «ni uno solo de ellos murió en una cámara de gas». Sus palabras, sin embargo, no conmovieron a Benedicto XVI, que lo perdonó a él y a sus compañeros de la lefevrista Fraternidad San Pío X de la excomunión que les había dictado Juan Pablo II.

Ajenos al escándalo producido por esas declaraciones, y a la noticia de que Williamson dirige allí una institución académico religiosa, algunos habitantes del lugar defienden su obra benéfica y viven según preceptos que datan de hace diez siglos: no ven la televisión, aprenden a escribir con pluma y tienen tantos hijos como posibilidades de embarazo.

El seminario es una casona colonial enrejada en medio de un campo silencioso, que incluye un cementerio con cruces de piedra donde descansan nueve religiosos. «Solo podremos atender por atrás, desde la cocina, a gente mayor de edad», advierte un letrero junto a la puerta principal. Lo hacen tres días por semana, de nueve a nueve y media de la mañana. El celo con la prensa es grande.

El pasado miércoles, mientras comenzaba un retiro espiritual, un empleado se indignó a través del telefonillo. Se refirió a «las barbaridades que escribieron sobre el padre». Williamson, por esta vez, guardó silencio.

En las casas ubicadas frente al seminario viven algunos de sus defensores más acérrimos. En una crónica publicada por el diario Crítica, Juan, un cincuentón, justificó: «Él es inglés, sufrió la guerra cuando era chico y por algo dijo lo que dijo. Su información puede ser fidedigna». Juan asegura que en la casona se ayuda a la gente humilde de La Reja, y se queja: «Todas las instituciones tienen hombres deshonestos. No me gusta el manejo que hizo la prensa con la decisión del Papa».

«Muy callado»

Cerca del lugar vive Teresa, que trabaja como asistente de los maestros del seminario. «Ahí dentro es otro mundo -explica-, viven como en el pasado. Siguen las tradiciones y hay un respeto muy grande en las ceremonias». Pero algo la intranquiliza: «En los diez años que llevo ahí traté con todos, pero Williamson es muy callado y serio, es el único con quien no hablé». Respecto de las polémicas palabras del obispo, opina que «está muy informado, pero no sé por qué dijo lo que dijo. Los ingleses son así».

Daniela, que atiende un pequeño mercado al que acuden seminaristas y padres del colegio, con un embarazo de siete meses, no duda en afirmar que mandaría a su hijo a estudiar allí: «Los chicos no ven la televisión. Eso les limpia la cabeza. Aprenden a escribir con pluma, no sabe lo cuidadosos que son». Sus palabras traslucen admiración, pero algunos aspectos de la obra no terminan de convencerla: «Todos los que viven alrededor tienen ocho, nueve, diez hijos... Y la única vez que fui me tuve que poner falda larga y pañuelo en la cabeza para entrar».

Quien ingresa en el seminario puede pasar casi toda su vida allí: jardín de infancia, primaria, secundaria, y una formación sacerdotal de ocho años que contempla los ritos más tradicionales de la Iglesia católica, como la misa en latín y de espaldas a los fieles.

«El padre escucha los pedidos de su comunidad y él, que es el único mediador, los transmite dándole la cara a Dios», explica un vecino que pidió mantener en secreto su identidad. Padre de nueve hijos y con oficio bíblico por excelencia, este panadero artesanal pudo compartir varias charlas con el propio Richard Williamson, a quien (después de pensarlo diez segundos) define con un único concepto: «Aguerrido como nadie».