Ester se rodea de mujeres en Quito y pone la oreja: «Trabajar con las mujeres es impresionante, lo es escuchar sus historias y su iniciativa para luchar a pesar de las dificultades que viven, aprendo mucho con el trabajo que hacemos en conjunto». Pese a las barreras que sigue encontrando, esas que impiden que ellas accedan a la educación, a los mismos recursos económicos o a oportunidades similares.
«Realmente se piensa que en el Sur -opina- existe mucha pobreza, analfabetismo... Y en cambio, una vez que estás aquí, te das cuenta de que eso existe, pero no de la manera en que lo tienes en tu cabeza; también puedes ver totalmente lo contrario». Pone un ejemplo: el fuerte movimiento ecuatoriano de mujeres capacitadas y expertas gracias a quienes han surgido avances.
Cuenta Ester que escucharlas a ellas da los mejores momentos: «Cuando las visito y estoy con ellas, nos juntamos y escucho sus propuestas, sus planes de trabajo; es una sensación especial?». Tal vez ahí solo eche de menos a su sobrina, ahora, que recuerda, comienza a hablar. Tal vez a ella, cuando crezca, le recomiende su experiencia: «Cuando estoy trabajando, siento que lo que hago es muy positivo. Apoyar iniciativas de mujeres que buscan justicia produce una satisfacción increíble».