Un programa integral de apoyo femenino de la ONU mantiene a Ester Castro en Ecuador. Lo mejor, cuenta, es escucharlas a ellas, secundarias en un país de hombres
Es Ecuador un país de contraste. De altas sierras, de costa y selva. «Precioso, tiene una biodiversidad única, nunca pensé que sería así», relata Ester Castro, ocupante ocasional desde febrero. País de contraste, sí, pero también de una dura realidad si se nace con sexo femenino. «Muchas mujeres con las que trabajamos han sido durante largo tiempo de su vida discriminadas no solo por el hecho de ser mujeres, sino también de forma racial, como en el caso de las indígenas, o por el hecho de vivir con el VIH y no recibir una atención médica adecuada. Y a pesar de todo ello -continúa- se organizan y buscan alternativas».
Ester participa, a través de la Dirección Xeral de Cooperación de la Xunta, en un programa del fondo de las Naciones Unidas para el apoyo a la mujer. Unifem es otra forma de ayudar al desarrollo en el sur, igual de preciso, igual de complejo. Ella participa en proyectos para la erradicación de la violencia machista en el ámbito privado y el público; se estima que en Quito, donde está su centro de trabajo, siete de cada diez mujeres han sufrido maltrato en el ámbito doméstico. Coopera también para menguar la discriminación hacia las indígenas y para revertir la propagación del sida ante la tendencia de feminización de la epidemia.
Hace diez años, por cada 24 varones infectados por el VIH en ese país americano, se contaba una mujer. Hoy la proporción es de dos a una. «En Ecuador, y a nivel mundial, las mujeres se encuentran en riesgo especial de infección del virus del sida principalmente por no poder determinar cuándo y cómo mantienen relaciones sexuales», explica. Los números ponen de relieve esa realidad: «El año pasado, el 79,3% de las mujeres con el virus se dedicaban a quehaceres domésticos, es decir, habían sido infectadas en sus propias casas».
Salir del pozo de la pobreza, con acción y con educación, se hace también propiciando que esas situaciones muden, para que ellas no perciban la mitad de sueldo que ellos, como revelan los informes oficiales de la ONU para Ecuador.
Datos alarmantes
«Estas estadísticas me parecen alarmantes. Muchas mujeres con las que trabajo están luchando sin apenas recursos y están sumamente capacitadas para obtener resultados positivos, pero, en cambio, todo su esfuerzo no se refleja todavía, esto va despacio y nos preocupa. Es el principal problema que encontramos», asume.
La tarea es larga. Aunque no es la primera vez que Ester se enfrenta a un reto similar. El año pasado permaneció nueve meses en Bosnia en un programa de voluntariado europeo para actividades de prevención precisamente del VIH, especialmente entre los jóvenes. Un curso antes, con 26 años, se había estrenado como cooperante con una asociación internacional. Estuvo en Bangalore, en el sur de la India, trabajando con discapacitados. «Tras mi primera experiencia en el exterior supe que quería repetirlo», cuenta.
Y puso empeño para que pudiera ser así. Tras acabar Sociología en Granada, comenzó a formarse en áreas de cooperación al desarrollo, especializada en ámbitos de América Latina, África y el sureste asiático. «Era lo que quería para mi futuro». Un futuro pasito a pasito.
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