El ciclón que llevó a Neneta a la India

SOCIEDAD

Neneta, rodeada de niños y colaboradores del centro, en las instalaciones de la escuela María Soliña, en una imagen tomada esta semana
Neneta, rodeada de niños y colaboradores del centro, en las instalaciones de la escuela María Soliña, en una imagen tomada esta semana

Unos 240 niños estudian en el colegio creado por una canguesa en una deprimida aldea. Para todos ellos, cuenta, «ir a la escuela no es una obligación, es un privilegio»

09 dic 2024 . Actualizado a las 20:13 h.

Esencias, flor de loto, misticismo... Lugares comunes que definen a la India, peregrinaje para muchos, para encontrarse, para divagar. Para Neneta Herrero -en realidad, María Antonieta, pero todos la conocen por ese apelativo familiar- la India es un proyecto personal. «Yo tengo un objetivo por el que luchar en la vida, y estoy haciendo algo de lo que se espera de mí como ser humano». La India de Neneta es la de las decenas de niños a los que se presta educación en la escuela María Soliña, una iniciativa que, indirectamente, surge de uno de los ciclones que azotan ese punto de planeta. «En 1999, tras mi primer viaje a ese país, una amiga me propuso volver, ir a Puri, en Orissa, y dos meses antes de nuestra partida vi que un inmenso ciclón había devastado esa zona y había dejado más de 100.000 muertos. Pensé que era el momento de ayudar», relata.

Cuando aterrizó en la zona, las imágenes eran desoladoras. «Nos contaron que las familias tuvieron que estar tres días abrazadas para no salir volando junto a todos sus utensilios». Un grupo de niños se le acercaron y la llevaron hasta un montón de piedras. Eran los restos de su antiguo colegio. «Me contaron lo que costaría levantar el edificio y les dije que, de vuelta a Galicia, les enviaría el dinero». Lo hizo. Reunió el montante a través de rifas de cuadros y esculturas donados por sus amigos. Y la iniciativa salió adelante.

El siguiente paso iba a ser más ambicioso: montar un centro educativo de la nada allá donde no había escuelas. Un amigo indio, Umesh -de quien habla, agradecida, sin descanso-, le habló de aldeas empobrecidas y, tras diferentes reuniones, dio con el lugar, Pubai, y comenzó la iniciativa. El dinero salió del boca a boca, de aportaciones particulares, recaudaciones en centros educativos de Cangas... Hoy la red es cada vez más amplia. «El dinero que se ingresa se emplea directamente en la escuela, no tenemos gastos de otro tipo», recalca. Se puede contribuir a través de la página web (www.shangaindia.org).

Ahora, a la escuela acude dos veces al año. Este noviembre, de hecho, lo pasará casi por completo allí. Estudian en la actualidad 240 niños. A todos se les da una comida en el recreo; 97, además, viven en la escuela y reciben tres comidas al día. Con un euro que se dona, recuerda, se alimenta a diez chavales.

Lo siguiente en ese ambicioso proyecto será construir un hogar de acogida, porque dormir en el suelo de las aulas no resulta nada cómodo para los chicos. Antes tendrán que adquirir el terreno, y eso no resulta fácil. Como tampoco lidiar con los caciques locales: «Tienen dinero, tierras y poder político, y no les interesa que los hijos de los pobres estudien; prefieren explotarles, como a sus padres, y que trabajen sus campos por unos puñados de arroz».

Pese a todo, pese a la miseria, a la pobreza, a la falta de alimentación, a la desigualdad, en la India, recuerda, se ríe, y mucho, «por cualquier tontería». Y en todas las fotos que remite se ve que es así.