José María Martínez cumple un año al frente de un proyecto de acuicultura en ?un país, Namibia, que busca en sus recursos marítimos una salida al subdesarrollo
10 abr 2008 . Actualizado a las 14:26 h.A Namibia pocas veces le han dejado decidir su futuro. Es un país independiente desde hace relativamente poco tiempo. Holandeses, alemanes y luego sudafricanos condicionaron el desarrollo de un lugar que hoy se enfrenta a otro condicionante, también externo: el cambio climático que reduce su pesca, puntal de su aún hoy frágil economía; un tercio de sus exportaciones dependen de lo que les dé el mar. ¿Debería diversificar sus negocios o propiciar un incremento en el procesado de pesca?, les han preguntado a sus dirigentes altos cargos de las Naciones Unidas.
Tal vez la respuesta al reto esté tierra adentro. Y en ella participa un gallego, José María Martínez Lago, que en el año que cumplirá los 40 lo hará en un país que conocía solo por los mapas y donde ahora se mueve con soltura, pero sin bajar la guardia. «Mi familia me pide sobre todo que tenga cuidado porque en la zona en la que estoy trabajando la malaria es endémica y enfermedades como el sida son demasiado comunes entre la población». Ese es el panorama que se encontró en junio del 2003 y allí estuvo hasta diciembre del 2005. Regresó a África hace casi un año y la vuelta a su Muros natal no se aguarda hasta este diciembre. Siempre haciendo algo asentado en la costa gallega: la cría y engorde de peces a través de plantas de acuicultura.
Sin limosnas
Lo suyo no es una cooperación ante emergencia por una cátastrofe; tampoco por la educación o la sanidad. Pero él cumple con precisión la máxima de las organizaciones sociales: a los países pobres no hay que darles peces, sino enseñarles a pescar. Es una suerte de metáfora que explica que no bastan limosnas, sino que es preciso poner las herramientas para el desarrollo de esas regiones.
José María hace lo primero, y se entiende que lo segundo va parejo porque trabaja para la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Aecid), es decir, la principal administración estatal de ayuda exterior.
«Es muy gratificante ver lo que mi compañero y yo hemos sido capaces de hacer partiendo de nada en una zona de Namibia bastante dejada de la mano de Dios, adaptándonos a la situación y desarrollando un centro de acuicultura continental pionero en la zona que sigue funcionando y que ha contribuido de forma primordial al desarrollo de esta actividad en este país», relata.
El proyecto funciona con pesquería propia de esa zona africana, el pez gato y la tilapia, con una fase piloto de engorde para mostrar a sus ciudadanos que «utilizando unos medios un poco más avanzados y alimentando a los peces con pienso los resultados eran mejores en menos tiempo».
Momentos especiales
Ha puesto en ello su formación en el Instituto Galego de Formación en Acuicultura de Arousa y también su empeño personal por las ganas que tenía de ayudar en África: «La población tiene una idea completamente diferente, no existe la prisa y, sobre todo, nadie se estresa por nada y entender esa idiosincrasia es muy importante». Tanto como tener paciencia para moverse 240 kilómetros cada día o no encontrar suministros? Pero todo ello compensa momentos como terminar de construir una planta de engorde y observar los primeros alevines de tilapia. «Fue un momento muy especial».
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