Hay un patrón común entre los cooperantes y voluntarios que optan por hacer de su vida un trabajo en favor de los países pobres: «Te cambia la imagen que tienes de los países del sur, pero también la del norte». Lo refrenda Soli: «Primero llegas pensando que podrás ayudar en algo, que te necesitan, y luego te das cuenta de que no tienes las soluciones y de que tu ayuda es una gota de agua en un océano. Eres tú la que necesita de ellos, te vuelves más modesta».
Ahí, explica, es cuando se empieza a constatar la dignidad y el orgullo de esas poblaciones. «No son objetos -explica-, no están esperando a que tú vayas a solucionarles la vida, son activos y tienen mucho más coraje que nosotros simplemente porque sus problemas son más grandes». Ha aprendido así a relativizar lo que va encontrando cada día: «Hay momentos en los que te apetece llegar a casa y saber que hay luz, que si entras en la ducha tendrás agua, que si vas al súper habrá arroz o leche, comprarte un periódico [en Santo Tomé no hay prensa diaria]... Luego te das cuenta de que con unas velas te apañas y el agua la buscas en una fuente, como hacía mi abuela en Galicia no hace tanto».
Y corta rápido para asegurar que «nunca» lo dejará. Pese a tener a su novio, también gallego, en Houston o a que su familia le pide que tenga cuidado. «Por suerte, no son de los que te chantajean con ''¿cuándo lo dejas, cuándo vuelves?''». Será porque viene de un entorno que sabe de emigración.
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