Precios de derribo que difícilmente hacen que las mujeres sobrevivan

La Voz

SANTIAGO CIUDAD

En los dos bares aclaran que las chicas son autopatronas, que negocian directamente con los clientes. A los dueños de los locales les pagan la cama; otra cosa sería proxenetismo, delito. Hay dos españolas, el resto son de fuera. La mecánica contable es sencilla: Un mínimo de 26 euros por servicio. A partir de ahí, lo que se pacte. La cama, de cinco a siete euros. Pero se yace poco; nada.

De las mujeres que ejercen esta prostitución residual ya solo se ocupa el Centro da Muller Vagalume. Tratan de insuflarles dignidad, de mirar por su salud. Su portavoz, Cleo Rodríguez, dice que la actividad está en claro declive en el barrio y que las que quedan, por sus circunstancias, tendrían difícil acomodo en otro tipo de locales. La reinserción social, si no imposible, se antoja muy complicada.

Mediodía de sábado en Poza de Bar. Entra un cliente, un hombre, un fulano. Se corre el visillo. Veintiséis euros por un rato de ciencia fricción. Sin amor. Pasa la vida, igual que pasa el 4, Romaño-As Cancelas. «Del cielo para abajo, cada uno vive de su trabajo», dice la encargada, toda llena de dignidad.