Solo las vacas defienden Torés

CRISTÓBAL RAMÍREZ

LUGO CIUDAD

La fortaleza lucense era de dimensiones respetables, que se aprecian siguiendo sus muros muy reducidos en altura y cubiertos por completo de verde maleza

13 may 2011 . Actualizado a las 10:55 h.

| No está lejos de la autopista que une Galicia con la Meseta, una docena de minutos tan solo, pero aquello parece el fin del mundo. El Land Rover bota cual pelota mal hinchada por una carretera llena de curvas y que conoció años ha la preceptiva capa de asfalto.

Grandes panorámicas, eso sí, pero procede echar mano del mapa una y otra vez con el fin de estar seguros de que no hay pérdida. Y no la hay, no, pero aquello parece interminable. Lo reconoce hasta la dueña de la casa de turismo rural que abre sus puertas a tiro de ballesta del castillo de Torés, una muy amable mujer que aprovecha los rayos de sol para pasear a su bebé de meses.

Claro que si esa es una cara de la moneda, justo es mencionar la otra: el paisaje de montañas no muy altas, zona de pliegues donde confluyen los montes que forman O Courel por un lado y Os Ancares por otro, es maravilloso. Algún eucalipto descarriado hay: o se toman medidas a tiempo o van a hacer estragos entre masas arbóreas de grandes verdes muy variados, especies autóctonas testigos de la despoblación imparable de esos lugares lucenses otrora con gran vida porque la inexistencia de autovías es lo que producía: movimiento, parada, más movimiento, más parada... Y con el encinar de Cruzul-Agüeira muy cerca, que ha sido declarado en su día lugar de importancia comunitaria.

La torre de Torés se distingue desde lejos. Impresiona el que esté de pie, milagro de la ciencia, porque si las fotos que acompañan estas líneas son las últimas que se le hagan nadie debe abrir la boca de asombro: enormes grietas hieren su estructura que, para complicar más el futuro que vendrá, no es de sillares graníticos más o menos inamovibles, sino de mampostería de calidad más que dudosa. Y la verticalidad se convierte aquí en un milagro, y el hecho de que las almenas sigan ahí aún incita más a acudir a alguna divinidad para explicar el equilibrio.

Una vez allí, uno se da cuenta de que el castillo es, en realidad, grande. O lo fue al menos. La maleza ha ido tapando ventanas y muros, pero se distinguen con claridad meridiana sobre los prados y hacerse la foto apoyado en ellos o a su lado no entraña ninguna dificultad. Como tampoco entrar en la torre, que se ve estrecha. Así que es posible entrar en el recinto y recorrer todo eso para darse cuenta de las dimensiones. Mal que bien se ven -¿adivinan?- dos torres circulares y otra de base cuadrada. Aquí sí se puede decir que cualquier tiempo pasado fue mejor. En Torés, As Nogais.