«Siempre me dicen 'Alfonso, dame la uña que sea del santo'»

MONTERREI

Tras una vida dedicada por entero a la hostelería, este compostelano abrió el restaurante Monterrey, uno de los más activos en la Festa da Uña

21 mar 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

«Si volviese a tener 25 años y me preguntasen, volvería a trabajar en la hostelería». Alfonso Corral, que hoy cuenta con 73 años de edad, habla con la emoción de alguien dedicado por entero a su profesión en una de las mesas del Restaurante Monterrey, el establecimiento que fundó junto a un hermano y que hoy dirige su hijo, Javier.

A los 13 años, Alfonso se puso por primera vez detrás de una barra. Trabajó para muchos, pero guarda con especial cariño su paso por el restaurante Vilas, y con su dueño, Moncho, le une una amistad entrañable. Después de haber atesorado una amplia experiencia como empleado, se pasó al otro lado. Junto a un hermano regentó durante más de un lustro la cafetería del colegio mayor Fonseca, tras lo que culminó su vida como hostelero con la apertura, en 1967, del restaurante Monterrey, el «pionero de los cátering», explica Javier.

«Primero alquilábamos el servicio: platos, mesas, copas, hasta camareros», recuerda Alfonso. Tras tres años dando servicio a domicilio, inauguraron el restaurante. Primero, solo con el comedor del primer piso y la parte izquierda del local, donde hoy está la barra. Después, ampliaron el local tras el cierre del local en el que muchos compostelanos se habrán examinado del carné de conducir. «Parecía mucho», recuerda Alfonso con una sonrisa.

Su hijo, Javier, recoge el hilo del relato: «Yo empecé con 18 años aquí». Había comenzado la carrera de Maxisterio, pero al salir de clase cerraba el Monterrey y los fines de semana también ayudaba a su padre. A los 20, dejó la carrera para dedicarse por entero a la hostelería. «Pero paso poco tiempo en el restaurante», aclara. Aún hoy, explotan el negocio del cátering, lo que obliga a viajar mucho.

Sin embargo, seguro que a esta hora estará en la calle Fontiñas. No en vano, San Lázaro celebra este fin de semana su fiesta más sonada: la de la uña, y el restaurante Monterrey es un activo participante. «Seguimos llenando todos los años». Los que allí se dan cita para degustar la uña han pasado de ser clientes a ser amigos, y para ellos se ponen al fuego ollas enormes durante tres horas, después de haber limpiado, salado, desalado y vuelto a limpiar la uña. «Hace muchos años, nosotros consumíamos las uñas que nos vendía el cura», rememora Alfonso. «El resto se subastaba, y había verdaderas pilas de uñas». Precisamente por eso, la gente suele decirle «Alfonso, ponme la uña que sea del santo, ¿eh?».

Hoy en día, ellos se encargan de conseguir uñas que sean de animales criados en casa y que se hayan quemado bien. También buscan las patatas y la verdura para acompañar el cerdo. «La materia prima no es muy cara, pero da un trabajo...», exclaman. Sin embargo, el esfuerzo vale la pena.