Cada cierto tiempo pasan con sus aperos de labranza o guiando sus cabezas de ganado. Silencio sepulcral. No consiste en sacar la caballería y la artillería pesada, aunque de sol a sol vean pasar por encima de sus cabezas decenas de aviones. «Cando os vexo imaxínome como van quedar sobre a miña casa», comenta una lugareña. Como cada mañana, desde hace muchos años, los vecinos de la parroquia de Loureda (Boqueixón) se ponen bien temprano manos a la obra en sus cultivos y explotaciones ganaderas. Como cada día, Ana Rubio saluda a sus paisanos, coge el coche y se marcha a trabajar a Trazo. Unos vienen, otros van. Siempre fue así. Pero la vida en esta aldea se ve perturbada, a cada instante, por el ruido que producen los aeroplanos que despegan y aterrizan en el aeropuerto de Lavacolla. Con la ampliación de la pista que se pretende llevar a cabo, se alcanzarán unos decibelios que rondarán el umbral del ruido. «Levamos toda a vida así, pero isto pode ir a peor», señala Ana, que recuerda cómo los aviones, desde hace mucho tiempo, se han convertido en el tic-tac de la parroquia: «O avión das doce sempre marcou a hora para ir facer a comida -señala su prima Esther Freijo-, e o das oito segue sendo o mellor despertador». Otra de las consecuencias que provocará la nueva construcción y que preocupa a los vecinos es la eliminación de dos manantiales que suministran agua potable a cerca de 15 casas. Muchas familias viven directamente de los beneficios granjeados en sus explotaciones ganaderas: «Cada ano veñen a facer análisis das augas porque iso repercute na calidade do leite», explica Esther. «Se desaparecen os manantiais, o prezo do leite baixaría aínda máis», lamenta. Los agricultores también advierten una amenaza sobre sus tierras si la proximidad de los aviones al aterrizar se hace aún mayor. «De un día para otro aparecen sitios quemados o manchas blancas en los cultivos», apunta Ana, quien subraya el daño que sufren los árboles al ladearse cada vez que pasa un avión. «As fincas quedan moitas veces inutilizadas», añade Esther. Sin embargo, hasta aquí nadie se ha acercado a contar cuáles serán las medidas que se ejecutarán y que afectarán directamente a los vecinos del lugar. Quizá porque aquí no hay mp3 a los que bajarle el sonido. Quizá porque aquí, día y noche, las conversaciones se disuelven entre el ruido atronador de los aviones y las palabras, a pesar de su esfuerzo, se las acabaría llevando el viento. «O mínimo que podían facer as autoridades era dirixirse a nós», lamenta Ana. Ambas vecinas seguirán defendiendo a Loureda, una parroquia que nunca tuvo una palabra más alta que los ruidos actuales, pero son conscientes de que la lucha va a resultar muy complicada: «Aquí estamos perdidos porque sempre se van sobre o máis débil», concluyen.