Comenzó como bailarín de ballet y baile regional. Trabajó en televisión, actuó en Montjuich, en París y por toda España, pero no estaba satisfecho. Así que un buen día, hace nueve años, decidió convertirse en Envidia, la reina de la noche.
-¿Cómo fueron sus comienzos?
-Tenía unos 18 años y saliendo por la noche me propusieron que actuase en una fiesta. Yo ni si quiera sabía maquillarme y me dejé una pasta, pero me lo pasé muy bien.
-¿Cómo lo tomaron sus padres?
-Me apoyaron en todo, desde un primer momento me dijeron que todo era válido menos robar o matar.
-¿Cómo definiría a una drag?
-Es un ser vicioso, ambicioso y glamuroso que representa la fantasía y la ambigüedad. La mala noticia es que con esto se nace, no se hace.
-¿Cuáles son los gajes del oficio?
-Hay que cuidar hasta el mínimo detalle, sobre todo por las chicas, que son las más exigentes. Me hago la depilación láser, voy al gimnasio, me doy masajes, baños de chocolate para tener la piel suave... Es un mundo muy envidioso, de ahí mi nombre, y muy caro. La peluca que llevo me costó 300 euros y los zapatos, y fueron baratos, 180. Suma el maquillaje, la ropa... Pero bueno, yo también cobro 400 euros por noche.
-¿Se dedica a algo más?
-No, ser drag queen me ocupa todo el día. Estoy muy contenta, porque hago lo que quiero, lo paso genial y además me pagan.