Miles de personas al borde de un ataque de nervios acechaban a los conductores en San Lázaro

Lara R. Vivero

SANTIAGO CIUDAD

Los conductores que pasaban ayer por la entrada del Palacio de Congresos eran observados y deseados por miles de personas ansiosas por subirse en cuatro ruedas. Eran los asistentes al Congreso de Psiquiatría, que estaban, paradójicamente, al borde de un ataque de nervios. Frente a semejante panorama, se me ocurrió parar y averiguar qué pasaba. Para mi sorpresa, en cuestión de diez minutos la cola de la parada de taxis estaba dirigiéndose a mi coche. Así fue como me convertí en taxista por un día, pero sin cobrar un euro.

El sol hacía un poco más placentera la espera que, en algunos casos, llegaba a los más de cuarenta minutos. Pero a esas horas, pasadas las dos de la tarde, el hambre aprieta y los psiquiatras y farmacéuticos -que también estaban de congreso- empezaban a inquietarse.

No es para menos, porque esta situación se viene sucediendo desde el lunes, en mayor o menor medida. Con todo el mejor humor que se puede tener en esos casos, los hombres y mujeres no hacían más que preguntarme si conocía algún número de teléfono alternativo para pedir un coche. Evidentemente no, pero mientras contestaba, alguien me gritó: ¡Apártate que viene uno! De hecho, hace solo unos meses en Santiago no existía ni un número al que agarrarse.

Fue ese uno de los dos taxis que vi aparecer en quince minutos. Mientras, los que estaban al final de la cola seguían concentrados en mi coche. Entre ellos estaba Alberto Hernández, un farmacéutico valenciano que asumió el papel de líder de su grupo. «Hay una flota de 170 taxis en esta ciudad, he llamado a la central y me comentaron que si esperábamos más, tarde o temprano, vendría un coche», afirmaba en voz alta para que todos escucharan y se calmaran.

Fue entonces cuando comenzó a insistir en que lo acercara al centro. Para cuando yo llegué, llevaba media hora esperando, pero el martes, coger un taxi le llevó más de 45 minutos. La presión comenzaba a ser considerable. Cada uno me pedía que los llevara a un sitio distinto, y yo me quedé con los más majos.

Vicente Tordera, María López y Alberto Hernández fueron mis clientes por unas horas. El primero reconocía que «el problema con los taxis es frecuente cuando hay grandes congresos, pero aquí es mucho más acusado».

María López permanecía callada, ya estaba pensando en cómo volverían al congreso.