Era aquel todo un personaje digno de un cuento, se hallaba plantado sobre el campo con su Batalarga, sus pantalones viejos y su sombrero.
Efectivamente nuestro personaje era un espantapájaros.
Se hallaba triste y deprimido porque había oído a su dueño que iba a tirarlo en el granero, puesto que no espantaba los pájaros, y aún por encima se bufaban de él y se colocaban encima de sus brazos y sombrero. Esta situación debe cambiar, le decían sus amigos, nosotros queremos verte en el campo y que sigas siendo nuestro amigo.
Pero Batalarga no tenía carácter para enfadarse y ahuyentar a los pájaros, que venían a comerse el grano ya plantado.
Un buen día sus amigos, el conejo, la gallina y el perro, le comentaron sobre una buena idea que habían tenido.
Habían oído al granjero que lo iba a retirar ese mismo día.
Se juntaron los tres y se metieron entre la bata del espantapájaros y cuando el granjero se acercó al lugar donde este se hallaba se quedó inmóvil al ver a Batalarga agitarse en el medio del cambo enfurecido, ahuyentando a todos aquellos pajarillos que se le acercaban y que tiempo atrás se mofaban de él.
Hasta estos animalillos estaban extrañados del cambio del espantapájaros y huyeron asustados.
Y el granjero se alejó contento dejando a Batalarga hacer su trabajo. Batalarga sonrió contento y agradeció a sus amigos la ayuda que le habían prestado.
Este se sintió majestuoso en medio del campo.