Soy un pollo.
Sí, no sé cómo ni cuándo ha ocurrido, pero lo cierto es que me he despertado esta mañana en una jaula con cientos de pollos a mi alrededor, en otras tantas jaulas y en un camión camino de Pontevedra. No parece un sueño: en mi pata izquierda llevo todavía el reloj Swatch que me regaló ayer mi novia por mi cumpleaños y he reconocido perfectamente los grandes anclajes del puente de Rande, el olor a salitre al cruzarlo sobre la ría y el ruido de los coches entre el piar incesante del resto de aves. Mi cuerpo está lleno de plumas y puedo ver como los dedos de lo que fueron mis pies son ahora tres largos apéndices carnosos con uñas manchadas de paja y caca.
¿Cómo puede haberme ocurrido esto a mí? ¿cómo es posible? Soy un cristiano devoto y nunca he hecho mal a nadie. Puede que una pesada digestión haya desencadenado la pesadilla que estoy viviendo, pero me temo que todo es real: me he picoteado varias veces con saña intentando sentir de nuevo mi piel y despertar así de una vez de este penoso trance, pero lo único que he conseguido ha sido arrancarme de cuajo unas cuantas plumas y atraer la atención del resto de los pollos, que se han acercado amenazantes a picotearme también. Todo huele muy mal a mi alrededor y mi corazón late como si fuera a salirse de mi pecho de pollo, pero de mi garganta solo salen píos píos lastimeros que no reconozco como míos y que apenas puedo distinguir uno de otro.
Hemos llegado ya a una granja. Nos han arrojado en una cuba enorme donde un cacharro mecánico ha empezado a separarnos hacia una cinta transportadora. No puedo ver el final de la cinta, pero por el volumen creciente del agudo sonido que emiten los pollos que me preceden, debe de ser el final. ¿Por qué yo? ¿Qué he hecho mal? ¿A qué dioses he faltado tanto al respeto para que estén jugando conmigo este juego cruel? Y sobre todo, ¿por qué retumban ahora en mi cabeza, en estos instantes finales, las palabras que mi novia me susurró ayer al oído después de soplar las velas : «Siempre te apoyaré»?
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