En sus 50 años de vida, Pescamar ha fiado su potencial de crecimiento a la calidad
13 oct 2011 . Actualizado a las 06:00 h.Su historia condensa la evolución del sector conservero gallego. La de un sector que nació artesanal y que hoy, más allá de los vaivenes de algunas compañías, se ha convertido en una de las puntas de lanza de la economía gallega. En un sector que un buen día dijo adiós a las fronteras para presentarse en buena parte del planeta. Pescamar, la firma de Poio que vio la luz de la mano de Alfonso García López en unas modestas instalaciones en el barrio de O Burgo en 1961, representa como pocas esa transición. Esta semana cumple medio siglo de vida, un período en el que ha honrado una forma de hacer país típica de cientos de empresarios de estas tierras de Breogán: a modiño, con mucho trabajo y tesón, sin miedo a crecer... Siempre con buena letra.
La biografía de Pescamar evidencia esa tendencia a crecer sin prisa pero sin pausa. Las originarias instalaciones de O Burgo pronto se quedaron pequeñas y solo siete años después de su fundación, la empresa se trasladó a la fábrica de A Seca, en Poio, que sigue siendo aún hoy el corazón de la firma. Los 1.500 metros originales de la planta se duplicaron a 3.000 solo dos años después; para ampliarse a 8.000 unos años más tarde. Así, hasta llegar a los 15.000 actuales.
Con el empleo ocurrió algo similar: del modesto número de trabajadores de los inicios se ha pasado a los casi 400 de hoy en día, todo para atender una red de servicios que llega a unos 35 países.
El proceso de internacionalización explica en buena medida el devenir de Pescamar. Alfonso García fue un pionero en este campo y a mediados de los setenta se alió con varios empresarios gallegos para desembarcar en Chile, en el marco de una aventura que continuó la esposa del fundador, Milagros Olga Pérez Santos, quien se hizo cargo de la gestión de la conservera tras el fallecimiento de su esposo en 1992 en un proceso que algunos de su entorno veían con indisimuladas reservas.
Lo cierto es que la cofundadora tomó el rumbo con firmeza e inició un proceso de modernización que seguía, eso sí, la filosofía que había implantado su esposo décadas antes. «Trabajar en equipo, con mucha motivación y apostando por la calidad del producto», explica Guadalupe Murillo, la directora general de la firma, que ha sido la mano derecha de la administradora desde hace ya casi un decenio.
Bajo el paraguas de ambas, la empresa se hizo con la planta de elaboración Ilha Terceira en las Azores y varios atuneros en Madeira, en el marco de una apuesta por la línea de túnidos que se ha visto reforzada con modernas líneas de estuchado y fabricación robotizada. ¿La consecuencia? En la última década, Pescamar ha duplicado su facturación hasta los 50 millones de euros, colocándose entre las diez primeras firmas del sector en España si se toma como referencia este indicador.
Esta profunda transformación hasta alcanzar esa posición de privilegio despide cierta sensación de vértigo vista desde el exterior, pero la empresa matiza todo este proceso: «Cuando uno hace algo bien -argumenta Murillo-, debe mantenerlo e ir poco a poco. Pescamar ha ido dando pasos muy pequeños para seguir creciendo, pero no hemos hecho grandes locuras en lo económico, sino que hemos trabajado con pausa para conseguir nuestros objetivos».