Dando tumbos en la camilla entre acelerones y frenazos

Nieves D. Amil
Nieves D. Amil PONTEVEDRA/LA VOZ.

PONTEVEDRA

14 nov 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Circula. Acelera. Frena. Tum-tum. Acelera. Frena. Tum-tum. Acelera. Esta es la sensación que dejan los badenes en los conductores cuando entran en Pontevedra, la ciudad de los 30 kilómetros hora. Quizás entre tum-tum y tum-tum, algún que otro improperio se suma a la circulación. Pero si eso es lo que se siente al volante de un turismo, ¿qué ocurre cuando el pasajero es un enfermo y el vehículo una ambulancia?

Además de que el tiempo de respuesta para emergencias se duplica, nos hemos subido a una uvi móvil para sentir, o más bien sufrir, las sensaciones que puede tener un enfermo. A las cinco de la tarde, un empleado de Ambulancias Pontevedra nos abre la puerta de la uvi móvil. Tumbada en la camilla, con un collarín y unos cinturones de seguridad agarrándome «por precaución», arrancamos. El conductor avisa desde el fondo que pasaremos por los badenes a tres velocidades, primero a 30 kilómetros hora, después a 40 y para acabar a 50 kilómetros hora. De este último todavía guardo un recuerdo en mi mano derecha.

Esto es solo una anécdota de la rutina a la que se enfrentan a diario las ambulancias de Pontevedra, que se ven impotentes para coger velocidad y poder llegar rápido. Enfilando la avenida de Uruguay el sube baja de más de diez centímetros se siente con mayor intensidad tumbado a más de un metro de altura.

Superar el baden a 30 kilómetros por hora mueve los elementos de la uvi y me desplaza en la camilla varios centímetros hacia atrás. «Imagínate lo que sufre una persona cuando tiene una fractura», explica el técnico de ambulancias que nos acompaña: «A veces los médicos nos dicen que paremos para atender al paciente porque en marcha es imposible». Y tanto. Solo con ver alguno de los instrumentos médicos, uno sabe que es inviable utilizarlos en marcha. La avenida de Uruguay da paso a la de As Corbaceiras. Los nuevos badenes bicolores de este tramo dan un respiro al paciente. «Al menos estos tienen una bajada que se extiende más de un metro», indica.

«Agarraos fuerte»

El conductor vuelve la mirada hacia la camilla para avisar de que en Fernández Ladreda intentará pasar un tramo a 40 kilómetros por hora. Lo consigue y detrás se nota hasta tal punto, que no solo se mueven los instrumentos médicos, sino que vuelvo a desplazarme varios centímetros hacia atrás.

El técnico de ambulancia, que se desenvuelve en su hábitat, reconoce que no puede soltar las manos, sino la siguiente imagen será la de él en el suelo. Al recorrido de una hora le falta el tramo más complicado, donde la ambulancia pueda ponerse a 50 kilómetros hora para demostrar lo imposible que es llegar al hospital en tiempo y hora.

El tráfico en el centro de la ciudad dilata el momento, pero en pocos minutos llegamos a la avenida Juan Carlos I, donde al arrancar en el semáforo, solo se escucha «agarraos fuerte». Lo que para un turismo es solo un vaivén, en una ambulancia se convierte en una sacudida, en la que no solo sufro en la camilla -y en este caso el paciente está sano-, me desplazo sobre ella y me golpeó las manos con el impacto, sino que los botes se caen de una estantería y hasta se mueven los asientos.

Una situación casi inviable para una persona sana e imposible para un enfermo. La única diferencia es que el paciente depende del tiempo para sobrevivir y los badenes destrozan el contrarreloj de la vida...y además, marean después de una hora para bordear la ciudad.