Un paseo de media hora por el centro de la ciudad deja tantos bajos vacíos como minutos consumidos. Desde el dinamismo de la plaza de Curros Enríquez hasta el mercado de abastos, la calle César Boente se convierte en una especie de pasaje fantasma, con comercios a un lado de la calle y con demasiadas verjas bajadas al otro. Choca la imagen de ajetreo de la zona, por la proximidad del mercado, con el leve ritmo comercial de la zona, que se extiende por todo el caso antiguo de Pontevedra. Y es que muchos de los establecimientos son bares de copas que dejan de día un rostro de resaca a la zona. En otros, abren sus puertas viejos comercios tradicionales de alimentación.
La crisis no se ceba con un sector más que con otro. No distingue. Cafeterías, que hace escasos meses tenían gente, tiendas de congelados, zapaterías, tiendas de moda, panaderías, una oficina del Banco Pastor que se acaba de trasladar,... Un censo de caídos demasiado grande para el corazón de una ciudad. Frente a ellos, el resto sobrevive como puede apoyado por la asociación Zona Monumental que contribuye a dinamizar el lugar. En el recorrido, la calle Manuel Quiroga da un aire de vitalidad al comercio, con tiendas especializadas en moda y complementos que se alejan de la tónica que marca el casco antiguo. Al paso de esta calle y cuando desde A Peregrina se enfila la Oliva, el sentir es el mismo, salvo en el oasis que suponen las galerías de esta calle. Casi una decena de escaparates cuelgan el cartel de se alquila, se traspasa o se vende por la crisis o por la falta de relevo generacional de un comercio al que le falta innovar para ganar.