Enterado de que en el parque Miño nuestro Ayuntamiento de Ourense había introducido ciertas mejoras, allá que me fui a pasear pisando la sombra proyectada por su arbolado, que en estos momentos luce esplendoroso y que puede observarse, casi tocando las copas, cuando se baja por la zigzagueante rampa que va desde el centro comercial hacia ese parque.
Y a la vista está que muchos tramos de los caminos que conforman la estructura viaria de esta zona de recreo han dejado de ser de tierra más o menos compacta para lucir ahora un suelo de buen material prefabricado que luce encasillado entre bordillos de altura y calidad.
La mejora de esos paseos es sustancial y parece realizada a conciencia. Nada, pues, que oponer a la calidad y a la realización de las obras allí acometidas.
El problema, por llamarlo de alguna manera, surge al analizar otros aspectos que a cualquier ciudadano llaman la atención y sobre los que tiene legítimo derecho a opinar sin que los que decidieron esta reforma se consideren atacados por una crítica totalmente negativa.
Porque resulta que mucha gente perteneciente al mundo de los más sensatos comentan, sin acritud, que esa obra, en la que se invirtieron más de cincuenta millones de pesetas (ó 300.000 euros de ahora, como quieran) no era en absoluto prioritaria con relación a otras muchas necesidades en el ámbito de los jardines urbanos, existentes o por existir.
Es más, abundan los que opinan que con esa inversión en poco o nada cambia la utilización que de ese parque veníamos haciendo los ciudadanos.
Es cierto que los caminos con firme y bordillo tienen más calidad que los caminos de tierra, pero no es menos cierto que la gran mayoría de la red de caminos de los más importantes parques del mundo son de tierra, ya sean los de Madrid, los de Londres, los de New York y los de otras muchas latitudes que yo desconozco.