Esas joyas documentales que son los datos de salud de los ourensanos se presentan engarzadas en sencillas carpetillas de cartón. Están custodiadas con cámaras, sensores de presencia y numerosas medidas de seguridad.
En cada uno de los pasillos donde las estanterías se levantan en siete alturas vigilan aparatos para la detección de humos y aspersores con una burbuja de mercurio que se disparan si la temperatura indica incendio. Para garantizar el agua de los aspersores, el suministro de la traída se refuerza con un depósito particular alimentado con electricidad y con motor diésel para más seguridad.
El área de depósito de historias carece de sistema de calefacción para facilitar la conservación y reducir el riesgo de fuego; en el espacio donde los operarios manejan los documentos se ha optado por colocar barras de infrarrojos que cuelgan del techo como lámparas futuristas.
La obsesión con el fuego -acrecentada, sin duda, tras la tremenda experiencia del incendio que calcinó el archivo del complejo hospitalario de Pontevedra en el año 2004- se completa con las más familiares bocas de conexión de mangueras y casetas con material para manejo de los bomberos.