Mientras continúa la sorpresa por el cierre de La Ibense, La Voz sale a la calle para visitar otros comercios emblemáticos que acumulan décadas de historia
03 feb 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Un negocio al que no le hace falta cartel. Rosario González tiene que hacer memoria para recordar los años que lleva abierto el negocio que fundó su padre, Francisco, Siempre ha sido la mercería de la esquina enfrente de Hacienda o «El Sordo» aunque lleva el nombre comercial de Varela.
Hasta que la jubilación nos separe. En 1955 el abuelo de Carmen Fernández, recién llegado de Cuba, asumió la gestión de un negocio que había abierto sus puertas en el siglo XIX. Si la paquetería Renol cierra no será desde luego por la crisis. En todo caso, por jubilación. | santi M. AMIL
La historia de Ourense, en fotos. Mucho ha cambiado la calle del Paseo a lo largo de las últimas décadas. Testigo de los cambios, más que ningún otro comercio, es Villar Foto. Porque abrió sus puertas en 1930 y porque guarda testimonio gráfico de gran parte de la vida social de Ourense.
De generación en regeneración. La práctica totalidad de los negocios tradicionales acumulan años de vida porque son familiares. Pero hay otros ejemplos de supervivencia: los empleados de Stylo, librería con más de medio siglo de historia, se hicieron cargo de la empresa en 2006. | miguel villar
El servicio de siempre, hoy. «Desde 1931 a su servicio». Lo dice la tarjeta de visita de Camisería Carvajal, que forma parte indiscutible de la personalidad del casco histórico. Eso sí, en la misma tarjeta está su dirección de correo electrónico. El negocio familiar se perpetúa pero mirando al futuro.
Mucha vida por delante. El Pepinillo está a punto de alcanzar la edad de jubilación -la actual, claro- pero está más joven que nunca. Los años de Andrés Fernández hijo garantizan, por el momento, que sus bocadillos no se jubilen. Algo, que sin duda, disgustaría a más de uno. | santi M. AMIL
Cuando el domingo se bajaron por última vez las persianas de La Ibense, la heladería entraba en la historia de la ciudad. En tiempos de crisis económica, que un negocio funcione a pleno rendimiento durante más de sesenta años es un éxito. Mientras muchos pasan el trago amargo de decir adiós a un sabor clásicamente ourensano, otros locales con la misma solera continúan abriendo sus puertas cada día. Son los que no cierran. Al menos, de momento. Los que sobreviven a los cambios del mercado y a los años.
Rosario González encarna la segunda generación de un negocio que sigue funcionando, a pesar de que exista más oferta y de que cambien los gustos. La mercería que muchos ourensanos conocían como El Sordo -«En alusión a mi padre»- lleva el nombre de Varela y es el esqueje del que han nacido los negocios de los hijos de Rosario. Apenada por el cierre de La Ibense, que llevaba abierta tantos años como su tienda, asegura que no hay trucos para mantenerse: «Es suerte. Te puede ir bien o te puede ir mal. Los negocios van cayendo y van apareciendo otros. Pero yo creo que muchos de estas características cerrarán cuando toque jubilarse». Una opinión parecida comparte Carmen Fernández, de la paquetería Renol: «Los antiguos cerramos porque nos jubilamos». Es un plan de futuro, porque todavía tiene muchos productos que despachar en el viejo mostrador. Pero el momento, se teme, llegará. El secreto del éxito, en su opinión, tiene algo de darwiniano: «Hay que saber adaptarse». Para muestra, los 55 años que su familia lleva gestionando el negocio.
Los empleados
En los corrillos de estos días los ourensanos hablan, a cuenta de La Ibense, de cómo se habría podido mantener la heladería en marcha. Los más apenados insisten en preguntarse por qué no se planteó la posibilidad de que los camareros continuarán tras la barra. Algo así ocurrió en la librería Stylo, que cuando estaba a punto de cumplir el medio siglo de vida experimentó un cambio: tras una serie de dimes y diretes empresariales, un grupo de empleados consiguió mantener el negocio y de paso, los puestos de trabajo.
Muchos de estos comercios de toda la vida están situado, obviamente, en el casco histórico. Es el caso de la camisería Carvajal, un negocio familiar, que alcanza su tercera generación, y que roza los setenta años de vida. Pero no es un comercio viejo, es un clásico. Una elegancia que se encarga de perpetuar, en la actualidad, Fernando Carvajal.
También le quedan años por delante a otro local clásico, en pleno Paseo. Villar Foto resiste hasta a la revolución digital gracias a la familia y desde 1930.
Los bocadillos empezaron a servirse en El Pepinillo en 1946. Suma años. Y sigue. Sobre esta comida rápida, de calidad, no planea la sombra de la jubilación. En el 2008 Andrés Fernández vio cómo se incorporaba su hijo a un negocio en el que se le da mucha importancia, no hay más que verlo en los cuadros de su paredes, a su particular árbol genealógico.
Hay en la capital muchos más ejemplos de negocios decanos que no sucumben ni a las oscilaciones del mercado ni a la crisis económica. Tampoco, por ahora, a los años. Todos, supervivientes.